Agenda de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2026-2027

Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2026-2027

16/10/10

Taller de Espiritualidad para Buscadores: Módulo 5

PARA TODOS LOS QUE DESEEN SEGUIR POR ESTE BLOG EL

TALLER DE ESPIRITUALIDAD PARA BUSCADORES

(Se publican en el Blog las entradas correspondientes a los distintos Módulos que configuran el Taller conforme éste se va desarrollando para l@s que lo siguen de manera presencial, comenzando el sábado 11 de septiembre y concluyendo el domingo 19 de diciembre de 2010)

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Taller de Espiritualidad para Buscadores:

+Módulo 1: Ver entradas del sábado 11 y domingo 12 de septiembre.

+Módulo 2: Ver entradas del sábado 18 y domingo 19 de septiembre.

+Módulo 3: Ver entradas del sábado 25 y domingo 26 de septiembre.

+Módulo 4: Ver entradas del sábado 2 y domingo 3 de octubre

+Módulo 5: Mente, momento presente y práctica del ahora

Sábado 16 de octubre:

34. Los dos hemisferios cerebrales.

35. La mente: la evolución al servicio de la consciencia.

36. La mente está libre de culpa.

Domingo 17 de octubre:

37. Vamos a contar mentiras.

Sábado 23 de octubre:

38. Las dos dimensiones del momento presente.

39. “Espacio” y nueva interacción con la vida.

40. Una sencilla práctica.

41. Otra práctica elemental y espiritual.

Domingo 24 de octubre:

42. Consciencia del Yo soy y no oponerse a la vida.

43. Actuar en las dos dimensiones.

44. Ojos nuevos para otro mundo mejor posible.

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34. Los dos hemisferios cerebrales

La mente humana, situada orgánicamente en el cerebro, es un maravilloso producto de la evolución del planeta Tierra. Constituye una avanzadísima computadora biológica con unas funcionalidades tan extensas, diversas y especializadas que, como la ciencia reconoce, aún no han podido ser suficientemente analizadas ni comprendidas. Para hacer factible esta amplia gama de prestaciones, el cerebro se estructura en dos hemisferios. El izquierdo opera como un procesador en serie; y el derecho, como un procesador en paralelo. Ambos están completamente separados -sólo se unen por medio de un cuerpo calloso compuesto por 300 millones de fibras- y se ocupan de cosas diferentes, debido a una división del trabajo resultado de la citada evolución.

En este orden, es bien sabido que la mente ofrece prestaciones fundamentales para el adecuado discurrir de la esfera material de las personas y su quehacer cotidiano en el mundo tridimensional al que el cuerpo físico pertenece. Tales prestaciones están radicadas en el hemisferio izquierdo, que piensa lineal y metódicamente y se centra en el pasado y el futuro. Registra el colosal collage de cuanto ocurre y acontece; analiza detalles y más detalles de los mismos detalles; clasifica y organiza toda esa información; la asocia con todo lo que aprendimos en el pasado; y la proyecta hacia el futuro con sus posibilidades y alternativas. Para ello, utiliza los datos facilitados por nuestros sentidos -los que derivan de ver, palpar, oír, oler y degustar-; procesa la experiencia adquirida y los instintos básicos, como el de conservación, que cual mamíferos poseemos; y, como herramienta de supervivencia en el medio tridimensional, posibilita que cada uno se considere un ser individual y fabrique mentalmente la noción de un yo y una personalidad. Es el ego con el que, olvidando otras dimensiones de nuestro ser, transitamos por un mundo hacia el que volcamos nuestros deseos, apegos miedos y frustraciones, pero que contemplamos, a la par, como ajeno y hostil.

El hemisferio izquierdo piensa con lenguaje. Se trata del diálogo interno que continuamente pone en conexión el yo con el mundo exterior. Ello hace posible que nuestras ideas y sueños estén conectados a una realidad compartida, evitando que se conviertan en delirios (esquizofrenia, trastorno bipolar,...). También es la vocecilla que me indica "no olvides pasarte por el supermercado y comprar esto y aquello para la comida de mañana"; la inteligencia que me recuerda cuándo tengo que ir a una cita o planchar la ropa. Y, lo más notable, relacionado con lo ya reseñado, es la voz que me dice que existo como yo, la que forja mi ego y me convierte en un ser individual. Bajo su influjo, me contemplo como una sola persona sólida, fragmentada del flujo de energía de alrededor, separada del otro y de lo otro y con sentido de sus límites corporales, dónde empiezan y dónde terminan, dejando de ser átomos y moléculas que se mezclan con los de los objetos y cosas que me rodean.

Sin embargo, es mucho menos conocido, sólo en la actualidad algunas investigaciones empiezan a mostrarlo, que la mente proporciona igualmente utilidades de excelencia al servicio de la dimensión no estrictamente física del ser humano, esto es, para lo que en términos trascendentes se denomina Espíritu, Ser o verdadero Yo. De ello se ocupa el hemisferio derecho, que se centra en el aquí y ahora mismo; y mantiene abierto los conductos y canales que permiten que el ser humano y su cuerpo interactúen con la unidad material y no material a la que pertenece y en la que se integra. En este orden, aporta funciones y mecanismos que se mueven en el campo de lo irracional, intuitivo y sensitivo; vive plenamente el presente más allá del tiempo y el espacio; y percibe y trata información que los sentidos físicos no pueden aportar.

El hemisferio derecho piensa en imágenes. La información le llega en forma de flujos de energía de manera simultánea desde todos nuestros sistemas sensoriales, hasta conformar el cuadro completo de la apariencia del momento presente –cómo se ve, a qué huele, a qué sabe, qué se siente y cómo suena el presente-. Permite que nos contemplemos como seres de energía conectados a la energía de nuestro entorno; seres de energía, interconectados a la familia humana y al planeta, que estamos aquí para hacer del mundo un lugar mejor. Y, con esta percepción, nos vemos perfectos y hermosos.

35. La mente: la evolución al servicio de la consciencia

Así, el potencial operativo de la mente es colosal, inmenso. Tanto que, como si fuera un ordenador de última generación, su rendimiento no depende estrictamente de ella, sino de la cualificación del usuario. Y si en los ordenadores tal cualificación viene definida por los conocimientos y pericia del operador, en el caso de la mente está en función del grado de consciencia de la persona. Por lo que cabe afirmar que la mente está al servicio de la consciencia.

La manifestación de la Consciencia es el "Yo soy el que soy" con el que Dios responde a Moisés. En nuestro plano, está relacionada con la honda interiorización de lo que el ser humano es: una unidad, integrada a su vez en la Unidad de cuanto existe, en la que confluyen de manera armoniosa y equilibrada una dimensión interior y espiritual y otra exterior y material. La consciencia hace factible tal confluencia y plasma la adecuada conexión entre esas dos dimensiones.

Con esta base, cuando el nivel consciencial es bajo, la conexión falla: la persona está desconectada de su Ser profundo y carece de una dirección consciente. Ante esta ausencia del Yo interior en el timón, la mente activa una especie de piloto automático, valga el símil, que suple tal déficit. Se trata del ego, que desarrolla un yo y una personalidad ante las necesidades de conservación y actuación en el mundo tridimensional. Frente al Yo interior, es un yo no sólo pequeño, sino también falso, en el sentido de que es una creación de la mente, un objeto mental. Pero no es menos cierto que resulta imprescindible para la supervivencia y actividad del ser humano ante la ausencia de un mando consciente.

En cambio, cuando la persona disfruta de un alto grado de consciencia, la conexión entre sus componentes trascendente y material está plenamente operativa; y el verdadero Yo asume la dirección consciente. El piloto automático, el ego, no es preciso, por lo que la mente lo mantiene desactivado. Además, en vez de usar y canalizar su energía y capacidad para el funcionamiento y desarrollo del ego, las pone al servicio del Yo profundo.

36. La mente está libre de "culpa"

Por lo enunciado, es la cualificación consciencial del usuario lo que determina el papel y el rendimiento de la mente, que está siempre a nuestra entera disposición en su vasta capacidad funcional.

No obstante, al igual que distintas tradiciones y culturas religiosas se han empeñado a lo largo de la historia en satanizar el cuerpo físico, el desconocimiento de lo que se acaba de explicar ha provocado que otras dirijan sus fobias contra la mente, culpándola de la existencia del ego y de la interminable sucesión de pensamientos que por ella fluyen sin control. Pero cuerpo y mente son, como el espíritu o el alma, creaciones divinas; nada malo hay en ellos. La mente, en particular, es un prodigioso tesoro biológico-tecnológico al servicio del ser humano, incluida su esfera espiritual. Y es un instrumento neutro, cuyo potencial resulta más o menos rentabilizado dependiendo de la cualificación del operador, esto es, del grado de consciencia de la persona.

Eso sí, cuando tal grado es reducido, el funcionamiento del piloto automático o ego, una creación mental, sumerge a la persona en un mundo de creaciones mentales. Al ego no se le puede pedir otra cosa, no da más de sí. Lo que provoca que muchos seres humanos vivan en un mundo de ficción e ilusiones mentales mayoritariamente marcado por la insatisfacción y la infelicidad. Pero es de género estúpido responsabilizar a la mente de esto, cuando se limita a cumplir con su obligación: activar un mecanismo supletorio por la carencia de dirección consciente y ante necesidades primarias de conservación y actuación en la tridimensionalidad.

La mente, pues, está libre de "culpa" y es el ser humano el que debe mirar hacia su interior y elevar su grado de consciencia. Para lograrlo, un buen procedimiento consiste en poner en evidencia las ficciones e ilusiones mentales en las que las personas se introducen cuando el ego asume el mando y, a partir de ello, escudriñar en la dimensión profunda del ser humano. A esto se dedicarán las próximas entradas del Blog centradas en este tema.

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Continúa mañana domingo:

37. Vamos a contar mentiras.

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15/10/10

¿Defectos?

Érase una vez, una anciana que tenía dos grandes baldes para acarrear a casa el agua de un cercano arroyo. Transportaba los baldes colgados en cada extremidad de una gruesa vara que cargaba sobre sus hombros.

Uno de los baldes estaba rajado y, cuando la anciana llegaba a casa, iba medio vacío, en cambio el otro, que era perfecto, llegaba siempre lleno. Un día tras otro, la anciana llevaba a casa balde y medio de agua.

El balde perfecto estaba muy orgulloso de la realización de su cometido, mientras el pobre balde roto se sentía avergonzado por su defecto y por conseguir hacer tan sólo la mitad de su trabajo.

Tras dos años de sentirse humillado y derrotado por su defecto, un día, cuando la anciana descansaba sobre la roca que había en la orilla del camino, a mitad de su trayecto, el balde se atrevió a hablar con la anciana:

-Estoy avergonzado, por no cumplir con mi trabajo de llegar lleno de agua hasta tu casa, como hace mi compañero. La rotura que padezco no me lo permite. Te pido perdón, honorable señora.

La anciana sonrió, llena de compasión y dulzura:

-¿Has observado que lindas flores hay en tu lado del camino? Yo siempre supe de tu defecto, desde que te compré, en aquella tienda de objetos usados. Por eso planté semillas de flores a lo largo del camino por donde tú tenías que pasar. Y, todos los días, cuando regresábamos, tú las ibas regando con el agua que se derramaba. ¡He recogido, durante dos años, flores de todos los colores y perfumes, con las que he adornado mi casa! ¡Si tú no fueras como eres, yo no habría gozado de esas maravillas!

Acepta a cada persona como es y por lo que es. Descubre lo que hay de bueno en cada uno.

Acéptate a ti mismo como eres. Y no dejes de regar las flores de tu lado del camino.

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Fuente: Asociacion Jing Chi Shen, Andalucía (http://chialjarafe.blogspot.com)

Algunas representaciones simbólicas como ejes del mundo

La idea de eje cósmico y centro del mundo (que corresponde a la consideración de Templo), se remonta al IV milenio a.C.. Se encarna en las imágenes de la montaña y el árbol. Además de ambas, analizaremos con brevedad las representaciones simbólicas correspondientes al huevo, el corazón y, por supuesto, la célebre caverna.

La Montaña

En todas las culturas el templo es representación arquitectónica del barro primordial de la montaña del mundo, o combinación de ambas. El templo como representación visual del simbolismo de la montaña; el iniciado se compromete con un viaje hacia el cielo.

En Babilonia, la palabra “Zigurat” designa un pico montañoso. En Sumeria, al santuario íntimo se le llamó “barro sagrado” emergido del abismo primordial, el templo creció en éste Abismo llegando a ser una montaña. Es para los sumerios el “huevo del mundo”(masa primordial no diferenciada) a la vez que centro y eje del mundo. En Egipto, templos como replica del barro primordial que emergió de Nun

En el Antiguo judaísmo, el barro es sustituido por la “piedra de fundación”que emergió de las aguas primordiales. La montaña simboliza frecuentemente la presencia y la proximidad de Dios: Sinaí, Horeb, Sión, Tabor, Garizim, Carmelo, Gólgota; Montañas de la tentación, de Bienaventuranzas, de transfiguración, de Calvario, de Ascensión. En todas se establecen Templos. Isaías: “sucederá en el futuro que el monte del templo de Dios se establecerá en la cima de las montañas…”

Para los celtas, Gwynnvryn (Colina blanca celta) de Branwen, hija de Llyr, es el lugar central donde se entierra la cabeza de Bran, que mientras no se la exhume, protege a Bretañaa contra invasión o calamidad. Centro de aislamiento y de meditación. Para germanos y escandinavos ven la montaña representación de Wotan y Odín.

El lugar sagrado islandés es la montaña de Log. La cúspide de la montaña cósmica, se representa en forma circular, con la base cuadrada, a cada lado ascendiendo hay una escalera que rememora los mitos y los símbolos de ascensión asociados al axis mundi, en el centro de la cúspide, de la cruz radial de los puntos cardinales, se alza el árbol cósmico representado por siete o nueve discos, simbolizando los cielos planetarios.

El punto en el que el axis mundi atraviesa la base cuadrada de la montaña se halla en el centro de una espiral plana, que representa el sendero iniciático que llega hasta su centro. La montaña está normalmente figurada por un triángulo derecho

El simbolismo es múltiple; contiene el de la Altura y el del centro. En cuanto vertical participa del simbolismo de la trascendencia; en cuanto centro de las hierofanías atmosféricas y de teofanías, participa del simbolismo de la manifestación. Encuentro cielo tierra, morada de los dioses y término de ascensión humana. Desde lo alto, es punta de la vertical y centro del mundo; desde abajo, desde el horizonte, aparece como una línea de la vertical, el eje del mundo así como la pendiente a escalar (escala).

Todos los países y mayoría de las ciudades tienen su montaña sagrada: Montmartre (París), Montserrat en Cataluña, el Canigó en el Rosellón, Monte-Jura en el País Vasco.Representan etapas de la vida mística: la subida al Monte Carmelo, las moradas del alma o el Castillo interior. La montaña expresa también las nociones de estabilidad, inmutabilidad y pureza. En el origen del cristianismo las montañas simbolizaron los Centros de iniciación formados por los ascetas del desierto.

El Árbol

Es una estructura triple del cosmos, árbol cósmico que penetra las tres regiones, sus ramas en el cielo, sus raíces en el abismo, su tronco en la tierra. Imagen del árbol cósmico de la vida insertada en un cuerpo de mitos, ritos y símbolos del centro, como el templo, la montaña, el hombre. A menudo particularizado: roble en Galia, Tilo en Germania, Fresno en Escandinavia, Olivo en Islam, Baniano en India, Abedul en Liberia, han servido en muchas ocasiones de templo, y en ocasiones símbolo de la Haqiqat (gnosis), como en el esoterismo ismaelíta.

Aparecen en el zigurat (egipcio, mesopotámico y azteca), en la estupa budista (india y oriente asiático), en el templo (higuera de las pagodas), en las eddas escandinavas Yggdrasil (árbol de Oddin).

El Arbol Bodhi, estableciendo su interior de templo, es el árbol de la iluminación bajo el que se sentó Buda, venerado en Bodh Gaya,

La transformación del árbol en columna o poste, refleja la regeneración infinita del cosmos y su centro inmortal. La idea de árbol fijo en el empíreo, se expresa en el “árbol invertido”, Ideograma que simboliza el cosmos. Filón de Alejandría, ve al árbol cósmico en la Menorah, lámpara de siete brazos)

La estupa de Borobudur puede considerarse una representación arbórea. En Indonesia, Java, se evoca el ascenso por el centro en el templo de la puerta-árbol-montaña alada. Muchos templos están hechos de madera de árbol, como el de Hinoki (especie de ciprés blanco) en el gran santuario de Ise en Japón. El árbol o poste, como pilar cósmico, se remonta a la cosmología hindú del monte Meru.

El Huevo

El omphalos (centro) y betilo (piedra negra) de Delfos, tienen forma de huevo, desde este huevo del mundo se desarrolla el cosmos. El huevo contiene lo que el corazón o la caverna. Las dos mitades del huevo del mundo corresponden a tierra y cielo; en la caverna: suelo y bóveda. La estupa budista tiene una cámara interior llamada huevo.

El Corazón

Egipto, el corazón (carácter del hombre, representado por vaso o Graal) es símbolo de vida, y el huevo (esperanza tras la muerte) el ataúd interior, previa la momia, Cámara del rey=corazón de la pirámide. Los Hindues consideran el corazón (hridaya) la morada de Brahma. El corazón del creyente es el trono de Dios (Islam). El corazón es el templo, el altar de Dios (Cristianismo). El Santo de los Santos es el corazón (altar) del Templo de Jerusalén.

La luz del espíritu, intuición espiritual, revelación, brilla en la caverna del corazón es el ojo del corazón (Ayn el-Qalb) en sufismo.

La Caverna

Arquetipo de la matriz materna, que figura en los mitos de origen, renacimiento e iniciación de muchos pueblos. Designa un lugar subterráneo o rupestre con techo abovedado, oscuro, hundido en la tierra o la montaña. Muchos ritos de iniciación inician materializando el“regressus ad uterum”como el rito de Eleusis, donde los iniciados encadenados en la gruta debían evadirse de ella para alcanzar la luz.

Zoroastro consagró el primer antro (regado por fuentes y cubierto de flores) a Mitra. Los pitagóricos y Platón, llamaron al mundo antro y caverna. El culto de Mithra se celebraba frecuentemente bajo tierra

Plotino: la caverna de Platón, y el antro de Empédocles, significa nuestro mundo, donde la marcha hacia la inteligencia es para el alma el liberar sus lazos y ascender fuera de la caverna. Dionisio es el guardián del antro y el que libera al prisionero rompiendo sus cadenas: “Puesto que el iniciado es Dionisos es en realidad él quien primero se mantiene prisionero y él mismo quien luego se libera.

Caverna como receptáculo de energía telúrica. Templo subterráneo que guarda los recuerdos del periodo antiguo, apropiada para iniciaciones de sepultura simulada y ceremonias de imposición del ser mágico. Cumple función análoga a la torre y el templo, como condensador de fuerzas

En Oriente Próximo la gruta como matriz, simboliza los orígenes y los renacimientos. Todo lo esencial del simbolismo de la caverna está en primer lugar en su conjunción con la montaña.

Sweckel: la arquitectura hindú se hallaba resumida en ella: el templo rupestre, excavado en la montaña, contiene un stupa horadada por una gruta para las reliquias. La cella (garbahagrina o casa matriz Luz, la morada inmortal) de este templo está considerada eje del mundo.

La virgen cristiana suele estar asociada a la gruta o a la cripta

Simboliza el lugar de identificación, el proceso de interiorización psicológica, donde se llega a ser uno mismo y alcanzaz la madurez. Simboliza la subjetividad enfrentada con su diferenciación.

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Autor: Frater

Fuente: La Rama Dorada (http://laramadorada.wordpress.com)

Los colores del cristal

El otoño va tiñendo de oro y barro las copas de los árboles. También de cobre y sangre. La intensidad de tonos del bosque penetra las honduras del alma, cortando la respiración de pura belleza. La condición previa: haberse quitado las gafas de sol del verano.

Siempre se ha dicho que la vida se ve según el color del cristal con que se mire. Es un dicho popular cuya verdad continuamente se olvida por su propia obviedad. Sin lugar a dudas, los cristales ahumados oscurecen la realidad que nos rodea, pero hay personas que parecen llevar continuamente gafas de sol en los ojos de la mente y del corazón. Todo lo ven negro, sucio, injusto, mortecino y nublado. A todos puede ocurrirnos lo mismo en algunos momentos del día, algún día al mes o en algunas etapas de la vida. Cuando nos pasa, estamos absolutamente convencidos de que la realidad ha cambiado de repente o de que nunca la vimos tal cual era. ¡Hasta tal punto llegamos a confundir el color del cristal con aquello que vemos! Aunque, en este caso, sería más acertado decir, con aquello que no vemos de verdad, porque lo vemos de un modo distorsionado.

La distorsión cognitiva en Psicología es una creencia irracional, una interpretación no funcional de la realidad que tiene consecuencias en las decisiones que tomamos y en la conducta que seguimos. Influye decisivamente en lo que se llama perturbaciones o trastornos de la personalidad. Pero podría decirse que una serie de distorsiones cognitivas conforman una visión del mundo y, a la larga, un carácter, una forma de ser. Y todos las tenemos ya que todos hemos introyectado -aceptado sin digerir- órdenes y mandatos de los padres, algunos de sus miedos y obsesiones, de la cultura familiar que heredaron a su vez de sus padres y abuelos y, en definitiva, parte de su forma de ver el mundo y de interpretar la realidad. A medida que crecemos vamos asimilando las creencias y manías de algunos profesores y de otras personas que tuvieron un contacto especial o más prolongado con nosotros. De algunas nos deshacemos con cierto esfuerzo, pero otras crecen con nosotros como parásitos en las neuronas y en los intestinos hasta que las hacemos nuestras.

La sociedad acepta, si bien con ciertos límites -las leyes aplicables y las pautas sociales dominantes-, el que podamos ver la vida con distintos colores. La Psicología clásica y la Psiquiatría no se ocupan, por tanto, de las personas adaptadas a su entorno familiar, laboral y social. Aunque se puede sufrir internamente por un exceso de adaptación o, por el contrario, por no poder encontrar un medio para compartir y desarrollar, por ejemplo, el ansia de trascendencia. Así pues, si alguien atraviesa lo que Stanislav Grof denomina una "emergencia espiritual" -un despertar de la conciencia o una crisis mística- y no la puede integrar porque no encuentra a su alrededor el marco teórico ni las personas que puedan acompañarle, probablemente acabará en un psiquiátrico diagnosticado como psicótico. De esto se ocupa, entre otros asuntos, la Psicología transpersonal, que considera la dimensión espiritual del ser humano.

En este sentido, es como si el sistema permitiera que cada uno utilice las gafas que quiera con tal de que estén dentro de su almacén de gafas, otra forma de llamar a los paradigmas imperantes. Pero los paradigmas también se basan en creencias e intereses. Por ejemplo, Giordano Bruno fue quemado en la hoguera, en el año 1600, por mantener algo hoy día admitido y que Copérnico había descubierto unos años antes: que la tierra giraba alrededor del sol, y no al revés. El Papa que le persiguió fue canonizado como santo, pero nadie se acuerda hoy día de él. La Historia, sin embargo, ha hecho justicia al "hereje" que no se retractó ni se plegó al paradigma geocéntrico de la época. Sus estatuas recuerdan el precio que se puede pagar a veces por ver la verdad y proclamarla a los cuatro vientos. En este caso, una verdad científica incontrovertible y no una verdad religiosa o política, que no son sino visiones contempladas con cristales teñidos de colores.

Pero no se trata de un juego de niños. La mayoría de las guerras han necesitado y siguen necesitando una enorme distribución de gafas para que los combatientes murieran y sigan muriendo por su Dios y su religión, por su país y por su bandera. Sin esas gafas hubieran visto y seguirían viendo verdades puras y duras, como los intereses territoriales de reyes y tiranos, los planes estratégicos de colonización o la lucha por la posesión de los recursos existentes: petróleo, minerales, yacimientos de gas, tierras fértiles, rutas marítimas y aéreas, mercados de consumidores... La violencia necesita cargarse de razones, sobre todo si los que mueren son los otros.

Puedo imaginar a George Bush y a Sadam Hussein discutiendo a solas su visión del mundo y sus respectivos intereses. Ambos con las gafas rojas de la ira por los agravios recíprocos recibidos o las verdes de la envidia por lo que el rival tiene o las amarillas de la impotencia de no poder eliminar con apretar sólo un botón al satán que creen tener enfrente. Si estuviesen obligados a compartir mesa y habitación durante una semana, sin asesores ni guardaespaldas, sin informes repletos de cifras y hechos, sin la Biblia ni el Corán de donde sacar frases para cargarse de razones, sino únicamente con fotos de muertos y enfermos, de víctimas y escombros, de caras suplicantes de madres y niños, tal vez pudieran mirarse a los ojos y ver el asomo de una lágrima salada, el destello de un miedo inconfesable, el brillo de una posibilidad de colaboración... Simplemente tendrían que destruir antes su almacén de gafas de colores. La destrucción de armas podría venir después. Los posibles gases almacenados son mortales. Las bombas -atómicas o no- que apuntan objetivos enemigos son devastadoras.

Pero todos tenemos un Bush y un Sadam dentro. ¿Quién no se ha visto cargado de justa cólera ante la injusticia del mundo, la lentitud de la burocracia, la inseguridad ciudadana, la suciedad de los parques o la "irresponsabilidad" de la juventud? Si nos quitamos las gafas de la ira, tal vez veamos que en cierto modo hemos contribuido, por acción o por omisión, a aquello que criticamos.

A veces nos ponemos las altivas y nacaradas gafas del orgullo ofendido. El otro debe saber lo ingrato que es por no corresponder a todos nuestros desvelos, a nuestra generosidad "desinteresada". Lo pagará con nuestro silencio y olvido.

Pero hay quien prefiere llevar las gafas arcoiris para que vean sus ojos del color que cada cual prefiera. Un modo como otro de agradar a cualquier precio , traicionando el ser que se lleva dentro, bien escondido, por si a alguien no le gusta. Se vende el alma al mejor postor con un buen envoltorio.

Las gafas verdes de la envidia nos convierten en víctimas permanentes. Por mucho que tengamos, el otro siempre parece más feliz, más justamente recompensado o, simplemente, que las cosas le caen del cielo, que no tiene que esforzarse tanto por tener o mantener una pareja, una casa, un trabajo, unos hijos o una vida social gratificante.

Las gafas grises de la avaricia hacen que los recursos del mundo siempre parezcan escasos, la energía poca, los amigos raros, las emociones distantes, el espacio reducido y el horizonte nebuloso y envolvente.

El color del cristal del miedo es marrón. Las caras de los demás desvelan gestos hostiles y miradas de desaprobación. Las decisiones han de ser medidas y pesadas, porque equivocarse es tabú y salirse de "lo que debe ser" atrae la reprobación y la exclusión social.

El color de la gula es rosa. Todo está buenísimo y no hay situación terrible de la que no se pueda salir ni problema pavoroso que no se pueda solucionar. A Peter Pan todo le parece un juego y cualquier juego es divertido hasta que aparece otro más excitante. El color rosa impide ver el dolor ajeno, porque nunca se contacta con el dolor propio de haber sido un niño abandonado o no suficientemente querido.

El color de la lujuria es violeta. El mundo es intenso o no es. La vida se toma por los cuernos, como el toro, o no es vida. La acción es trepidante si todo es azul intenso como el agua de los mares del Sur. El deseo se nutre de la satisfacción inmediata y sin pedir permiso. No vaya a ser que no se lo den a uno.

Las gafas de la pereza son marfil pastel. Cualquier tono más intenso puede producir el riesgo de suscitar emociones incontenibles y punzantes deseos. Entonces hay que hacer un esfuerzo por satisfacer la necesidad adormecida. Mejor olvidarse y hacer que los demás hablen de sí, soliciten lo que quieran y ponerse a su servicio. Al menos se estará incluido en la gran sopa de gallina grupal.

Los colores, por supuesto, son metafóricos. Es posible que para alguien la envidia sea amarilla y la lujuria roja. Pero lo importante es que el color más habitual con el que se tiñe la realidad llega a impregnar la forma de ver la vida, y la vida misma, hasta constituir un carácter, que no es otra cosa que un conjunto de estrategias para contactar con el entorno, para defenderse de peligros imaginarios, para manipular la realidad según los propios deseos. Siempre el ego al servicio de una pasión dominante.

Cuando uno se despoja de cualquier tipo de gafas -y estoy seguro que ocurre muchas veces en la vida cuando ésta nos hace bajar al fondo del pozo y tocar fondo-, la Realidad se presenta desnuda, con toda su belleza y esplendor, con toda su grandiosa tragedia, con un terrible descarnamiento que normalmente evitamos por doloroso.

Pero no es necesario quedarse sin gafas de repente -no vaya a ser que nos deslumbremos-, teniendo que esperar para ello la muerte súbita de un ser cercano, el padecimiento de una enfermedad grave o el desencadenamiento de una profunda crisis existencial. Podemos practicar con gafas más ligeras: las transparentes con lentes de aumento del humor, que nos hacen ver lo grotesco y lo cómico de cualquier situación, o las ligeramente irisadas de la poesía, que nos ayudan a ver la belleza en el corazón de un guijarro o en lo efímero de una nube pasajera.

Si tenemos la suerte de disponer de gafas de todos los colores, de poder cambiarlas a nuestro antojo y de no necesitar andar todo el día con ellas puestas, la Vida se nos desvela instante a instante en todo su esplendor. Este esplendor nos incluye totalmente, al tiempo que nos invita a abandonar armas y bagajes, para fluir en la Gran Corriente que desemboca en el Mar que a todos nos espera.

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Autor: Alfonso Colodrón

Fuente: www.alfonsocolodron.net

Comparte con nosotros: “Gloria Universal”, de Concha Redondo

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GLORIA UNIVERSAL


Dentro de nosotros la música, la armonía, el espíritu.


Asentados en nuestro mundo vacío, nada;

desconectados de nuestra profundidad por miedo a lo desconocido.


Oímos las notas musicales aisladas,

sin percibir la armonía,

sin vivir la unidad de la partitura

que nos haría dichosos,

gozando de la sublimidad de la Gloria Universal

que somos Todos.

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Otras meditaciones de Concha Redondo publicadas en el Blog:

+Desde Las Escalonias (I) (23/03/2010)

+Desde Las Escalonias (II) (23/03/2010)

+Silencio, Ser (28/05/2010)

+Paz (10/06/2010)

+Desde Las Escalonias (III) (06/09/2010)

+Desde Las Escalonias (IV) (13/09/2010)

+Desde Las Escalonias (V) (20/09/2010)

+Simplemente (30/09/2010)

+Pérdida (08/10/2010)

La vida no acaba con la muerte: Carta final

Querido lector/a:

Me llamo Malena Martínez; soy sofróloga, terapeuta y escritora desde hace muchos años. Y, en primer lugar, quiero darte las gracias por dedicar tu atención a leer las entradas que se han ido publicando en este Blog como avance de mi libro “LA VIDA NO ACABA CON LA MUERTE. Espero que te hayan interesado.

Éste, del que ahora has leído una pequeña muestra es mi segundo libro. Escribí antes otro sobre interiorización espiritual que se titula: “EL SENTIDO DE TU VIDA ERES TÚ, SER TÚ”, que ya se promocionó, vendió y leyó mucho... Y, el último que está publicado por editorial Séneca (Córdoba) y que puedes ver en Internet, se titula: “EL MISTERIOSO TEMPLO DE SALOMÓN”. Tanto en el GOOGLE, como en la colección de artículos de la editorial puedes leer algunos de los artículos escritos por mí.

Si desearas obtener el libro completo, pídemelo a alguna de estas direcciones de correo electrónico:

mmgmaxi@yahoo.es

magda_lena1100@yahoo.es

También puedes llamarme al 670 58 32 40. Incluso si desearas pedir una cita para una sesión regresiva privada.

El precio del libro es de 10€. Y te lo enviaría en formato PDF ya completo. Y además como REGALO ESPECIAL, te adjuntaría una “GUIA PRÁCTICA PARA LA AUTOREGRESION” que he elaborado para ésta ocasión y que te puede ser de mucha utilidad; si bien, puedes estar seguro de que no existe peligro de ningún tipo con esta práctica, pues la sofronización no es igual que la hipnosis (esto puedes comprobarlo a través de Internet). Y además, en los Apéndices que he añadido al final del libro, me extiendo bastante en aclarar todos los puntos más dudosos. De todas formas, puedes preguntarme lo que quieras.

Sin más que comentarte, por el momento, recibe un cariñoso saludo.

Malena M.

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Entradas publicadas en el Blog extraídas del libro La vida no acaba con la muerte:

+La vida no acaba con la muerte: Prólogo e Índice (8 de julio)

+La vida no acaba con la muerte: Introducción (9 de julio)

+La vida no acaba con la muerte: Un “Maestro” inesperado (12 de julio)

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La mística árabe y el “caer en la cuenta”

Toda experiencia sufí es, por antonomasia, compleja y multidimensional. Supone toda una vivencia espiritual fundada en un proceso de comunicación con las manifestaciones divinas. La contemplación amorosa, la meditación, la perplejidad, el silencio, la descodificación de lo inefable, el anonadamiento, la trasmigración y el sueño de fusión con/en lo absoluto son algunas de las coordenadas primarias y definitorias de la prueba mística.

La verdad, entendida ésta en su sentido místico, es obviamente única pero al mismo tiempo multifacética en la medida en que sus manifestaciones son infinitas. El sufí está convencido de esta multiplicidad de sus apariencias en el mundo sensorial. De ahí que todo místico se vea obligado a desvelar sus misterios abocándose a una perpetua indagación pasando de un estado a otro. Como ser humano, el sujeto de la práctica y uso de la indagación extática, se sabe irremediablemente mortal. No es de extrañar entonces que la persuasión de estar abocado a una ineluctable muerte se articule como una de las más primordiales constantes en los discursos místicos. La muerte es siempre contemplada desde la condición misma de hallarse confinado por los determinismos del tiempo, del espacio, del cuerpo e incluso de la lengua, que se revela incapaz de expresar los sombríos estados anímicos, psíquicos experimentados en los inefables momentos de revelación. Este condicionamiento temporal y espacial es lo que justamente legitima la incesante búsqueda del sentido último del mundo y sus cosas. La fugacidad de la vida resulta un dilema que se compensa procurando superar el dolor de la muerte. El viaje místico hacia la sempiterna realidad mágica de lo infinito, por más ardua y enmarañada que sea, ha de emprenderse en función de un desequilibrio entre la razón y el corazón. La perplejidad, uno de los medulares y frecuentes maqamats de la experiencia extática, se debe a la pluralidad de los planteamientos y al rechazo continuo de los preceptos de la común lógica religiosa.

De ahí se entiende la trasgresión de toda noción espacio-temporal, la descalificación del lenguaje ordinario y la creación de un código propio anti-lógico. La revelación, okashf tal como la define Ibn Arabi, es un puro “arte de caer en la cuenta” (Ibn ‘Arabi, Fususu Al hukm, Beirut, Dar El Kitab Al’Arabi, 1980, T. I. p. 49). Pero se trata de una iluminación propiamente mística y no es dada más que a los Ahl al Ikhtisas (Ibn Arabi distingue entre tres modalidades de fe: la del vulgo basada en la creencia y la imitación, la de los ulemas y filósofos del Islam; y la de los místicos).Es sabido que el sufismo, por no favorecer ninguna de las ideologías del Logos religioso o epistemológico, ha huido siempre de las grandes polémicas y contiendas dogmáticas de los que se declaran poseedores de la verdad.

No en balde, refiriéndose a los disconformidades interpretativas originadas acerca de la palabra coránica, Ibn Hazm asegura que “toda interpretación es una desviación del texto” y que “todo lo que dice el texto es lógico; y lo lógico es verdadero y de, ningún modo, puede ocasionar desacuerdos” (Cit. Por Abu An-Najib As-Sahrudi, ‘Awarifu Al Ma’arif, Beirut, Dar Al Kitab, 1966, p. 25).

Es por, este motivo, y por no terminar hundidos en la absurda e ilícita arbitrariedad del extravío, que los místicos parten del teorema de la coherencia de la santa escritura. Es cierto que la práctica extática supone una continua búsqueda de la tan anhelada revelación, pero es igualmente verdad que se aboga, en este sentido, por la afinidad y solidez del enunciado coránico tanto en su forma como en su fondo. La palabra divina no ha de concebirse como un simple código lingüístico que aspira a transmitir un determinado mensaje; es del mismo modo una estructura cósmica que determina la existencia entera del ser humano.

Contemplar la Palabra o el Verbo es contemplar la esencia divina. El rechazo de lo mundanal en los usos sufistas no es un mero huir de la materia ni tampoco una simple fuga de la muerte física. El mundo sensorial es el imperativo punto de arranque de todo viaje místico, en efecto no puede haber una experiencia extática que se efectúe extrínsecamente sin fijarse meditadamente en las manifestaciones materiales de lo absoluto. Incluso el viaje hacia las honduras del “yo” ha de interpretarse en función de una visión de elementalidad sideral. La mismidad es pensada en este sentido como parte integrante del cosmos, y todo lo cósmico es decididamente reflejo de la presencia divina. Rastrear la impronta de Dios es escudriñar sus señales. El universo para Al Hallay es un “jardín de signos” (Jardín de signos p. 105):

Oh Tú cuyos jardines de signos

abraza toda apariencia.

Si deseo una cosa,

eres todo lo que deseo

Lo material y espiritual; lo visible e invisible resultan indisociables en la cosmovisión e imaginario de los sufíes. Configuran la gran e irrefutable parábola de la fusión del cuerpo y del alma. De este modo, toda forma existencial (naturaleza, seres, cosas...) corresponde a una esencia ontológica /material por formar parte del mundo; pero corresponde, por otro lado, a un símbolo, que en un juego de espejos, refleja sentidos divinos. Estamos ante una polisemia donde el ser es del mismo modo metáfora de la unión entre lo abstracto (espiritual) y concreto (material).

La estructura bimembre del cosmos y sus componentes se hace muestra de que el mundo y sus cosas disponen de una existencia propia susceptible de aprehenderse sensorialmente. No obstante, la meditación mística da a entender que la contemplación de la realidad concreta se convierte en develamiento de expresiones divinas. Por eso todo verdadero conocimiento ha de instituirse a base de esta doble visión. Acceder al trasfondo de la expresión sideral es definitivamente trascender los sentidos primarios, erigidos como lógicos, para captar lo invisible. Es por esta razón que todo el pensamiento místico debe su rigor metódico a la dialéctica de lo palpable e inefable. Hay, entonces, en la experiencia cognitiva de los místicos una clara dialéctica donde la reconciliación de los contrarios se lleva acabo en términos de una iluminación final.

En su síntesis epistémica, el sufí derroca, la tesis del sentido primario, pero es de subrayar que nunca se procura en este sentido elevar su síntesis a una categoría de verdad única y absoluta. La cognición sufí no es extremista ni fanática; pues tiende hacia la complementariedad y la visión totalitaria. De ahí que el propósito místico no sea de índole excluyente. Nunca procura la descalificación del otro o de los otros a través de la inhabilitación de sus postulados. El sufismo es, en el fondo, una búsqueda de equilibrio y armonía. Es lógico entonces que todos los supuestos místicos no hayan procurado en este sentido implantar terceras construcciones inéditas que anulen la contradicción entre lo visible e invisible, lo inefable y lo decible. Se entiende a estas alturas por qué Ibn ‘Arabi, refiriéndose al posicionamiento sufi, acude a la imagen del “istmo” para dejar constancia de dicha reconciliación de contrarios (Ibn ‘Arabi, Al-Futuhat Al-Makiya, op. Cit. p. 45).

El dilema de dualidad supuesta por la formulación de los versículos coránicos, o sea, la existencia en una estructura superficial y subyacente, no se remedia en el caso de los sufíes dando primacía a un plano en detrimento del otro. Esto se debe a que la problemática vas más allá de todo planteamiento dual entre lo explícito e implícito. Hay en los discursos místicos una convicción de que la verdad nunca es asequible en su totalidad, lo que hace que el “caer en la cuenta” sea siempre relativo.

El recorrido en la noche mística se caracteriza obligatoriamente por una continua sed de conocimiento. La insatisfacción del yo extático, que en plana revelación se da cuenta de la relatividad de la irradiación relativa a los signos y símbolos existenciales, se ve muy pronto en un círculo vicioso de infinitas revelaciones. Ello se debe en gran parte a que las imágenes divinas con que se dialoga nunca son agotables. Los sentidos parecen permanentemente en fuga perpetuando así la búsqueda. Para evidenciar esta fugitividad del sentido se ha recurrido varias veces a la imagen de los círculos en espiral.

Cada perímetro de tales círculos interpuestos corresponde a una experiencia y por tanto a la descodificación de un signo ontológico. Cada misterio conduce a un sin fin de misterios aun más arcanos. Por esta razón, toda revelación supone el inicio de otro viaje místico. El punto que, desde lejos, se ve como centro de este laberinto circular no es más que puro espejismo, ya que, acercándose más, el sufí se descubre ante una infinidad de otros círculos interrelacionados que, a modo de las cajas chinas, se extienden hacia la infinitud. La verdad está en perpetuo disfrazamiento y, por tanto, resulta imposible captarla en su totalidad. El sufí no parece fiarse en las ciencias ciertas ni tampoco cree el hombre o la ciudad perfectos, pero profesa la vía del perfeccionamiento. El encabalgamiento eterno de la verdad hacia otras referencias da persistencia a la felicidad maqam experimentado en los momentos transitorios de una revelación a otra. Entre el ansioso anhelo de “caer en la cuenta” y la convicción de la imposibilidad de declararse categóricamente conocedor de la verdad nace la perplejidad o “hira” un maqam indispensable en toda experiencia mística (Para Ibn ‘Arabi , la senda del místico se caracteriza por ser sinuosamente tortuosa y con cambios continuos de rumbos y saltos de un maqam a otro. Por eso el sufí se ve frecuentemente ante el umbral de nuevos conocimientos que implican forzosamente nuevas perplejidades: Ibn ‘Arabi, Al Futuhat Al Mahkiya, Op. Cit. , p. 272).

Es de apuntar, no obstante, la mística árabe no apunta a disipar esta perplejidad. Esta se hace vivencia y requisito fundamental en el proceso de indagación. Es igualmente, metódicamente hablando, un arma contra la sensatez humana del yo que por su carácter presuntuoso puede caer en la pretensión de haber llegado a la verdad absoluta. El maqam o estado de perplejidad es debido al sentimiento de extrañamiento experimentado por todo místico frente a un absoluto permanentemente inasible. No sin razón afirma Albahjouri que “el saber y la perplejidad son indisociables (Al –bahjouri, Kashfu Al- hijab, Beirut, Dar An Nahda Al ‘Arabiya, 1980, P. 516).

Dicho en otras palabras, la noche mística ha de acabar siempre con un amanecer el que la luz del conocimiento pierde paulatinamente su resplandor ante el avance de un atardecer, un crepúsculo que anuncia el advenimiento del dolor de una nueva experiencia mística.

Es de precisar, a estas alturas, que la experiencia espiritual transcurre en una quinta dimensión donde el tiempo no es conmensurado ni determinado por la lógica del tictac del reloj. Se trata de un tiempo sin tiempo donde todo va marcado por el avance del místico en las tinieblas del dolor extático y extremamente placentero y por la búsqueda de los eventuales preludios de un albor cognitivo. Otro tanto puede decirse del espacio, ya que la geografía metafísica es, en este sentido, la del propio misterio místico. Pues el sufismo implica una indagación que no se articula en función de un espacio físico y convencional. La trasmigración y la transfiguración sufrida por los elementos cósmicos, cuando dejan de concebirse sensorialmente, es muestra de que la materialidad de las cosas se relega a un segundo plano. La belleza de la naturaleza, por ejemplo, es contemplada como excelsitud física, o sea, perceptible sensorialmente. Pero en esta belleza el místico advierte otra más majestuosa que es la del mismo Dios.

El místico es un viajero que va ligero de equipaje. Ha de desocuparse de todo lo mundanal y lo previamente concebido. El anonadamiento como acto preliminar a cualquier experiencia es en este marco prueba de ello. El intento de desasimiento traduce el deseo de desatarse de todo lo que pueda dificultar el sondeo espiritual. La deconstrucción del logos cognitivo y la inhabilitación de todo conocimiento previo no se hace sólo con vistas a lograr que el yo se desate de todo tipo de determinismo, sino que se desligue de su propia mismidad. Pero este desasimiento no apunta, de ningún modo, a una masoquista postración de este yo. El vacío anhelado y soñado es sumamente funcional ya que configura una imperiosa premisa para la recepción de la luz del auténtico conocimiento. Este vacío es similar al que ocasiona la perplejidad tras cada develamiento, pero configura igualmente la coordenada que hace posible la fusión amorosa tanto anhelada. Este acaba siendo colmado por el amor. Estamos en una dimensión espacial fantástica donde al místico les es permitido abrazar la beatitud divina. Es un espacio de enamoramiento, de fusión y de vuelta al origen. Los versos siguientes de Ibn Rumi son muy significativos en este marco (Kasim ‘Ani, Tarij At-Tasawuf Fi Al Islam, p. 211):

¡Que feliz el día en el que alzaré el vuelo,

Para ir al encuentro de mi Amor!

(...)

hazme beber del vino de Tu Am

para que,, borracho de amor

deshaga mi celda de perennidad.

No vine aquí por decisión propia;

para que vuelva a solas;

El que me llevó ha de devolverme a mi patria.

Todo nos lleva a colegir que el universo deja de ser un soporte de contemplación para convertirse en espacio donde el yo enajenado de sí mismo, dialoga con las formas cósmicas. El místico iluminado, enamorado y ebrio de la presencia divina, reflejada en sus obras, alimenta la nostalgia del mítico eterno retorno. La muerte, la nada, el vacío son vías del despego de lo mundano y, por tanto, suponen una depuración de las restricciones del yo para que deshaga los límites de su propia esencia mortal. La ilusión y la quimera de fundirse en un más allá, concebido como espacio de perfeccionamiento y de felicidad perenne, se viven como experiencia dolorosa y placentera al mismo tiempo. Por un lado, es dolorosa por la mortificación del alma y físicamente por las prácticas rituales que apuntan a domar el cuerpo: el ayuno, el alejamiento de todos los lujos de la vida, etc. Por otro lado, es placentera porque implica la felicidad de sentirse desasido de un más acá insensato, en que el yo se ve subyugado por la pesadez de un cuerpo subyugado por necesidades de índole material. La euforia proporcionada por el exilio voluntario o “mujahada” en contra de los penurias mundanales hace posible la fusión extática en un mundo espiritual donde el amor se establece como una nueva ley de gravedad. La doliente condición humana originada por lo efímero y terrenal se ve así compensada por una feliz migración hacia lo infinito e imperecedero, o sea, por un viaje que desemboca hacia la fusión amorosa con lo absoluto.

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Autor: Abderraman Laaouina

Fuente: Tonanzi (http://www.tonanzi.com)