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Creer, para sufrir
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¡Ascensión a 5ª Dimensión? (IX Parte de XII)
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El júbilo (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 14)
De cómo no ser
un egoísta guiñapo
El júbilo es la consecuencia
de la transformación del alma en Dios, de la evanescencia progresiva de la
naturaleza humana centrada en la búsqueda de la satisfacción personal a costa
del abandono de los demás, para comprender que el objetivo de la vida es la
armonía de todos los seres en torno a su Creador.
Esa transformación supone la
renuncia de uno mismo a sus apetencias y deseos, igual que en la relación de
pareja, su crecimiento requiere la renuncia de sí mismo y la donación al
otro. Si el amor parece que entra por la atracción sexual y parece crecer
con la relación de amistad, cuando realmente madura y se hace adulto es cuando
surge el agapé o donación total al otro.
Mientras que ese vector de
entrega y donación no aparece en el horizonte de la relación, por mucho
embalamiento emocional que experimente la pareja (o el alma e incluso la
mente), no se ha salido del ámbito egoico de la satisfacción personal. Y esta
necesidad de satisfacción personal exige que “los planes salgan bien”, que
tanto lo que nosotros hacemos, como las circunstancias que nos rodean, resulten
de nuestro agrado y, si no, pues “me enfado y no respiro”, es decir, fruncimos
el ceño y no hacemos más que quejarnos porque el mundo no nos hace felices.
Si extendemos esta actitud
estúpida a nuestra relación con Dios, pues nos comportamos igual que la pareja
que descubre que su príncipe azul no es tan azul y ronca por las noches. Porque
exigimos a Jesús que cumpla con su amor misericordioso y me ayude a que “mis
planes salgan bien”. Y si mis planes y los del mundo no salen bien, nos
preguntamos “¿por qué Dios permite el mal en el mundo?” y todas esas chorradas.
Revertir toda esta situación
requiere la transformación de lo que es el motor del comportamiento humano,
basado en las tres potencias, el entendimiento, la memoria y la capacidad de
decisión o voluntad. Es la transformación del entendimiento en la virtud de la
fe, de la memoria en la esperanza y de la voluntad en amor.
En vez de ver y comprender
para creer, mente y alma han de confiar en Aquel del que el alma está “supuestamente
enamorada” y fiarse de que su voluntad (la de Jesús) guía los pasos de la vida.
Esta transformación se basa en el ejercicio de la confianza. Creer para ver.
En vez de recordar y llevar
cuentas, el alma y la mente han de saber escuchar la voz de Dios en el
silencio. Esta transformación se basa en el ejercicio de la escucha.
Y, por último, la voluntad
ha de dejar de dar cumplimiento a mis deseos, para ser centrada en la
satisfacción de las necesidades del otro. Esa entrega sin condiciones a lo que
el otro necesita es lo que se conoce por “Amor incondicional “, agapé.
En la relación de pareja, el
otro es el otro, el amado o la amada, que se denomina así porque es a quien
hemos decidido entregarnos en cuerpo y alma. De modo que yo me entrego a su cuidado
y el otro se entrega al mío. De esa entrega mutua se vive el amor de pareja. Es
una mutua decisión de “te entrego, te doy mi vida entera”.
En la relación del alma con
el Amado, ella se entrega en primera instancia a un ser espiritual que siente
dentro de sí, y no sabe muy bien cómo corresponderle. Le han enseñado que
expresar el amor a Dios consiste en la práctica religiosa y, en la mayoría de
las ocasiones el alma y la mente se enredan en multitud de ritos y liturgias, a
ver si así consiguen expresar su amor a Dios. De modo que “tanto más amo a Dios
cuanto más rezo y participo de los actos religiosos”. Es una evidente relación
directamente proporcional a la actividad religiosa. Aún el alma no ha caído en
la cuenta de que la cosa no va de atiborrarse a rezos y liturgias, sino de
escuchar en el interior el silencio de Jesús que se manifiesta en la relación
con los hermanos.
23Por tanto, si
cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que
tu hermano tiene quejas contra ti, 24 deja allí tu ofrenda ante
el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a
presentar tu ofrenda. (Mt. 5, 23-24)
Es decir, de nada sirve la
participación y cumplimiento litúrgico, si tu hermano tiene quejas contra ti.
En otras palabras, o tu vida interior se evidencia en tu relación con los
demás, o estás viviendo una farsa. Así que nada consigue el alma (y la mente)
hasta que no toma consciencia de que ese Jesús del que está supuestamente enamorada,
la está mirando a los ojos en todos aquellos que tiene a su lado, que cada ser
humano es Jesús de carne y hueso y que lo que necesitan aquellos que conviven
con él, es lo que necesita Jesús.
El sufrimiento
es opcional
Un guiñapo, la Real Academia lo define como una
“persona moralmente abatida, o muy débil y enfermiza”. Es decir, una persona
desilusionada, que viene de “des – ilusa”. Y una ilusa es alguien “propensa a ilusionarse con demasiada facilidad o sin
tener en cuenta la realidad”. El alma y la mente, que en esto van a ir
juntas, como no puede ser de otra manera, caen en des-ilusión cuando “yo
pensaba que… y resulta que…”; cuando yo pensaba que amar a Jesús consistía en
inflarme a rezos y liturgias para que Él satisfaga mis planes y resulta que no
me hace ni puñetero caso y encima las cosas me salen mal. Me ha quitado la
ilusión y se ha ido de mi lado “
¿A dónde te escondiste, Amado
y me dejaste con gemido?
Y el alma se cubre de
sentimientos negativos, de tristeza, de miedos y hasta de enfado. Ha
desaparecido la alegría, el contento. Y hasta se siente engañada porque Dios la
ha camelado con consolaciones que al final y a la primera de cambio, alguna
petición egoica, no ha salido bien.
Descubrir que el amor de
Dios y a Dios no consiste en rezar oraciones suplicantes para que “mis
planes salgan bien”, ciertamente es duro, porque duro, durísimo, es salir del
inmenso error en el que nuestra naturaleza humana o la inercia impresa por el
pecado original (o nuestra primitiva naturaleza humana reptiliana del cerebro
primitivo) nos ha introducido y hecho creer. Ante los acontecimientos
personales y del entorno que nos afecta, los humanos, para superar esa
des-ilusión, tenemos obligadamente que pasar del rechazo a la adversidad, a la
tolerancia para finalmente abrazar la aceptación de los hechos como vienen, en
la medida en que no esté en nosotros solucionar las situaciones adversas.
Rechazo,
tolerancia y aceptación; éste es el
camino que va desde “querer a Dios” a “amar a Dios”. Querer expresa deseo de
tener, de poseer, que en la pareja se expresa en los componentes “eros” y
“philias” del amor. Al poseer y disfrutar, la pareja goza y disfruta el uno del
otro, pero no se aman (aunque eso parezca), ni de lejos, porque la desilusión
aparece con la rutina y al comprobar que el otro no es como yo le idealizaba,
como alguien que satisface todos mis deseos, me des-ilusiona “yo pensaba que…,
y resulta que…”
Y la desilusión produce en
primera instancia un fuerte rechazo, y eso produce dolor y lamento, decepción y
sí, somos unos guiñapos egoístas, probablemente, como en la llegada a Zubiri
(primera etapa del Camino). Pensamos que esto no es lo que yo pensaba.
Para superar esta adversidad
de “yo pensaba que Jesús satisfaría mis planes y resulta que no es así”, lo que
me suceda he de tolerarlo, aunque sea a regañadientes. Es eso de aguantar el
dolor y los sentimientos negativos que me genera ver que Jesús no responde a
mis súplicas y que ante el peligro o la adversidad “huye como el ciervo,
dejándome herido”.
Además, esto casa con lo que
me han enseñado en catequesis, que esta vida es un valle de lágrimas y que
hemos de sufrir para alcanzar la Gloria. Así que a sufrir toca. Si no sufro, no
purgo mis pecados y todas esas cosas. Así que cuanto más sufra, mejor.
Y dice Buda: “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento
es opcional”. Que a veces,
los filósofos orientales nos demuestran su gran sabiduría milenaria. Porque es
verdad, nadie te puede recriminar el dolor por una adversidad o una pérdida,
pero una vez superado el duelo, seguir regodeándote en el sufrimiento es de
idiotas, (idiota: “el que sólo se preocupa de lo propio” (“idio”), que
sólo ve su ombligo dañado. Así es que tolerar el dolor y regodearse en él, es
decir, tolerarlo, con ser el primer paso, ni es suficiente ni conduce a ninguna
parte, porque no es del agrado de Dios, de Jesús verte sufrir, como no es del
agrado del otro ver sufrir a su amada. Vivir así, centrado en el sufrimiento es
una soberana gilipollez (que a veces un taco refuerza el argumento).
Así que no queda otra, si
quiere el alma salir del fango de la desilusión, aceptar los hechos, que no
significa resignarse y exclamar “¡qué se le va a hacer!”. Eso es mezquino e
inútil. Eso es rendirse a la adversidad; eso es reconocer el completo fracaso
de mi vida.
Aceptar la
adversidad es algo sublime, porque es el
comienzo de todo un proceso encaminado a comprender que la relación profunda
del alma con Jesús y la transformación de la amada en el Amado se basa en la
transformación de mis deseos en los suyos, de mis planes en los suyos, de mi
vida en su vida, en suma, la transformación de “yo” en “Él” y comprender que
amar a Dios, amar a Jesús es que “ya no vivo yo, sino que es Jesús el que vive
en mí” (que diría San Pablo en Gálatas 2,20), que vacío mi templo de mis deseos
y de mis planes, para que Él reine sin obstáculo alguno por mi parte.
Y en esa
aceptación, entra de lleno mi prójimo, el que tengo a mi lado y me necesita y comprender
que lo que Jesús me pide se está expresando en lo que mi prójimo necesita de
mí, porque él, las personas que cada día se cruzan en mi camino, son la
encarnación constante de Jesús en mi vida. Amar a Jesús, no es, por tanto, amar
a un espíritu en mis adentros, sino en el hermano, el que tiene quejas contra
mi y Jesús me pide que deje mi ofrenda y vaya a atenderle. Eso es donación,
agapé, amar como decisión de la voluntad.
Es por tanto ese descubrir a
Jesús en la persona que tienes a tu lado, lo que te transforma en el mismo
Jesús encarnado también.
Y así el alma llega al
júbilo, que no es un sentimiento exultante, sino el gozo sereno y sosegado, la
profunda paz interior que experimenta el alma (y la mente) al sentir la
vivencia del Amor. Es el resultado de comprender que amar es la decisión de
entregar la vida entera a Jesús, el hijo de María, la aldeana de Nazareth que,
mira por donde, le veo transfigurado, no tanto en el altar, que por supuesto también,
sino en aquel que tengo a mi lado y acaso tenga quejas contra mí.
En el fondo el júbilo es
aquello que nos decían nuestras abuelas: “Si
pones todo en manos de Dios, verás la mano de Dios en todo”
Resurrección
Una cosa que, creo, más les
raya a los escépticos de los cristianos, es nuestra fe en la resurrección de
Cristo. Físicamente es imposible, con lo cual, la mente lo descarta sin
contemplaciones, con lo que el cristianismo como religión resulta ser un cuento
chino. Y es que estamos tan habituados y convencidos en que los milagros son
imposibles, que poco a poco, la “decepción”, esa actitud de derrota se adueña
de nosotros y de nuestra vida y nos convence de que sólo podemos fiarnos de
nuestras capacidades para superar la adversidad. Esto es lo mismo que vernos
obligados a comernos el polvo del desierto de la vida, un desierto, una meseta
castellana que termina por hacer que maldigamos en qué hora vinimos a este
mundo; en qué hora se nos ocurrió comenzar el Camino.
Y cuando todo parece ya
perdido, cuando la aridez de la llanura mesetaria parece no tener fin, el
caminante se encuentra, durante la tediosa etapa entre Hospital de Órbigo y
Astorga, a la altura de San Justo de la Vega, con la Cruz de Santo Toribio, un
cruceiro con el que el caminante se encuentra un poco antes de llegar a
Astorga. Aparte de las tradiciones lebaniegas al respecto, este cruceiro tiene
la curiosa cualidad de mostrar al cansado peregrino, allá, en lontananza, nada
menos que ¡la montaña! Yo, al menos, cuando vi este panorama, harto y hasta las
narices de etapas absolutamente mesetarias, dije para mis adentros, ¡Por fin! Porque
a partir de Astorga comienza la montaña y, ya nada será igual, dejas atrás la
travesía del desierto de la vida y comienzan unas etapas más difíciles desde el
punto de vista físico y de esfuerzo personal, pero espiritualmente mucho más
reconfortantes. Pasado Astorga, tienes que caminar por la Maragatería y subir
al empinado puerto de Foncebadón, donde te encuentras con otra cruz, la Cruz de
Ferro, donde la tradición dice que los peregrinos, que han llevado en su macuto
una piedra que representa sus pecados y sus inútiles apegos tiran esa piedra
(de peso proporcional a los mismos), a esa pequeña cruz de hierro, rodeada de
un caramullo de piedras apiladas que representa cómo el alma es capaz de
desprenderse de la carga inútil que le ha acompañado toda su vida.
Y así, ligera de equipaje,
el alma puede enfrentarse a Galicia, a la tercera parte del Camino, plagado de
montes y umbrías, de paisajes nebulosos, nada fáciles, pero, una vez superado O
Cebreiro, echando la vista atrás la inmensidad del paisaje leonés que
representa tu pasada vida de lucha contra ti mismo y viendo el paisaje gallego
con inmensos valles cubiertos de nubes bajo tus pies, sientes la sensación de
transformación total de tu vida (de peregrino). Y mira por donde, María se
encuentra de nuevo con su apuesto peregrino que de nuevo se une a ellas para
iniciar el descomunal descenso a Triacastela, donde las zapatillas y los pies
“echarán el resto”, antes de rendirse y amenazarte con “sigue tú que nosotros,
los pies, nos quedamos”.
Amar es una
decisión
La larga travesía castellana
es esa noche oscura de los sentidos, de la mente, de nuestra Marta, que ha de
saber comprender, ser consciente de que la felicidad no depende de que “mis
planes salgan bien”, de que nuestros deseos, nuestra forma de ver la vida, sea
la que el mundo tiene que aceptar y, si no es así, “me enfado y no respiro”. Que amar es algo mucho más sublime que el
embalamiento emocional del ya lejano enamoramiento y que si no es así, me
decepciono, me desilusiono y creo que el amor se fue cuando se fueron los
deliciosos juegos amorosos de chico y chica enamorados.
Es duro, a veces durísimo,
tener que reconocer que amar es saber superar esos sentimientos negativos que
te surgen cuando la vida te enseña los dientes o, simplemente, el maromo no
responde a tus deseos e ilusiones. En las etapas castellanas mucha gente se
desanima y regresa a casa, a su primitiva casa, a su “zona de confort”. Otros
hacen trampa y creen que el Camino puede comenzar en Sarria, ahorrándose la
aridez castellana y, en cuatro agradables días inflándote a “pulpo da feira”,
llegas a Santiago y ¡ya está!
El júbilo es la recompensa
de haber sabido amar contra todo pronóstico; cuando la mente comprende todo
esto, cuando llega a alcanzar la consciencia de que la vida consiste en
aprender a amar como acto de la voluntad.
Poca gente cae en la cuenta
de que la clave del Camino de Santiago, al menos para mí, así fue, es saber
comprender, ser consciente del significado profundo que el Camino oculta entre
esas dos cruces, la Cruz de Santo Toribio y la Cruz de Ferro. Es en esos 35
kilómetros, donde física y espiritualmente, Mente y Alma, Marta y María, han de
tomar consciencia sobre de qué va la Vida y el Camino que decidieron iniciar.
Antes de Santo Toribio, la cosa ha sido “un puto coñazo” (perdón por el
lenguaje) de eternas etapas planimétricas; después de la Cruz de Ferro, ambas,
mente y alma, Marta y María, comienzan a tomar consciencia de que acaso pasarse
toda la vida discutiendo, queriendo la una prevalecer sobre la otra, ha sido
una infantil estupidez. Y los 35 kilómetros entre ambas cruces, acaso supongan
esa iluminación que te hace comprender, como advertía el cura de Nájera, ¿por
qué has llegado hasta aquí? Porque para llegar hasta Sto. Toribio, has tenido
que madurar mucho, que sufrir mucho, que curarte muchas ampollas y calmarte
muchos dolores de piernas y de hombros. En suma, has tenido que aprender que amar
NO ES un sentimiento, sino la decisión que ha conseguido hacerte
levantar cada mañana y enfrentarte a una nueva etapa mesetaria, sólo
recompensada al contemplar los impresionantes monumentos románicos y góticos
del Camino y, la compañía de otros peregrinos que, como tú, también estaban
cometiendo la insensatez de hacer lo mismo que tú.
El pequeño tramo entre Sto.
Toribio y Foncebadón es crítico, porque antes de él recorres tu Camino personal
como un “egoísta guiñapo que no hace otra cosa que quejarse porque el mundo
no te hace feliz”, superada y más que superada la etapa del idílico
enamoramiento. En ese tramo entre las dos cruces, empiezas a caer en la cuenta
de lo mucho que has crecido, de cómo, aún estando cabreado, cada día has
madrugado y comenzado a andar antes de salir el sol hasta llegar a la siguiente
etapa y, una tras otra, hasta Santo Toribio y, de repente, ¡por fin, la
montaña!
Y tomas consciencia de que gracias
a la “tediosa senda” castellana, has forjado tu voluntad y has aprendido a no
responder con enfado a “las ausencias de tu Amado”, sino a responder con el
cotidiano esfuerzo de seguir adelante. Y al final, te das cuenta de que NO HAS
sido tú el artífice del milagro, sino Aquel que te fascinó en un principio y
que después te desilusionó porque no atendía a tus plegarias.
Y finalmente, en la Cruz de
Ferro comienzas a darte cuenta de que llevabas la mochila llena de un pesado e
inútil fardo que te agotaba; así que tirando tu piedra al caramullo de la Cruz,
te sientes liberado y ahora sí, puedes comenzar a caminar siendo consciente de
lo que supone amar, primero de todo amarte a ti mismo, dejando en la Cruz de
Ferro todos los escrúpulos que te inyectó el Sueño del Planeta; segundo, amar a
tus compañeros peregrinos, con quienes has compartido toda tu vida y tus
dolores de pies y rodillas y, tercero y fundamental, amar realmente al
Resucitado, ser consciente de que más allá de tu personal esfuerzo, NO HAS
SIDO TÚ el artífice de la proeza de llegar hasta Foncebadón, sino Él, que te ha
ido aportando ese plus de voluntad que no tenías y que poco a poco, etapa
mesetaria tras etapa mesetaria, en la más rutinaria cotidianeidad, hasta tomar
consciencia de toda esa mercancía inútil (esa piedra) que finalmente lanzas con
orgullo a los pies de la Cruz de Ferro, para por fin, estar dispuesta (mente y
alma) a entrar por las cañadas oscuras de Camino gallego, agarrada a la mano de
Aquel en quien confías para aprender ahora sí, a caminar a ciegas.
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Autor: José Alfonso Delgado
Nota: La publicación de las diferentes entregas de La Física de la Espiritualidad
se realiza en este
blog, todos los lunes desde el 4 de enero de 2021.
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11/10/21
De la vida interior (Proyecto “La Física de la Espiritualidad”: 41)
La idea central que demuestra la importancia de la Vida Interior se
centra en esta frase:
La vida a la que refiero la frase, que es el leitmotiv de mi libro
recientemente publicado “Sendas de Vida
Interior”, frase incomprensible para aquellos que desconocen que “eso”, la
Vida Interior pueda existir, más allá de la intimidad o privacidad protegida
por la Ley de Protección de Datos.
La Vida Interior es una constante en todas las religiones y
sistemas de pensamiento que convergen en la Filosofía perenne y se basa en
cuatro pilares, el silencio, la oración, el sufrimiento y la fe.
El silencio
Es ruido todo aquellos que destruye el silencio, y los humanos
tenemos una irredenta manía de generar ruido constantemente.
Hablar sin discernimiento es moralmente malo y espiritualmente
peligroso. Caer en la maledicencia es sumamente fácil. Como predican los toltecas,
ser “impecables en el hablar” es uno de los cuatro acuerdos que una persona se debería proponer en su
vida. Cada palabra ociosa tiene consecuencias. A lo largo del día, un número
nada despreciable de palabras y expresiones que pronunciamos pueden caer en una
de estas tres categorías: 1. palabras inspiradas por la malicia y falta de
caridad, 2.- Palabras inspiradas en la codicia, sensualidad y amor propio, y 3.- palabras puramente estúpidas e
inanes, que sólo meten ruido y no aportan nada, salvo confusión y distracción.
Esto respecto de las que pronunciamos y transmitimos en nuestras
conversaciones.
Pero por otra parte están las del absurdo monólogo que mantenemos
con nosotros mismos donde, por el hecho de que la imaginación no nos da tregua,
nos pasamos el día charloteando sobre absolutamente nada. El pensamiento tiene
la puñetera manía de no darnos tregua, no nos permite descansar de nosotros
mismos, es obsesivamente lenguaraz.
No nos damos cuenta realmente, hasta qué punto el constante “run-run”
del pensamiento, elaborando a granel frases sin venir a cuento, constituye una
de las más descomunales barreras para el crecimiento personal y el conocimiento
unitivo de la Divina base. Es como una danza de polvo y moscas que nubla
nuestra capacidad de ver nítidamente la Luz interior.
La guarda de la lengua y de la mente es una de las más costosas y,
además, más fructíferas mortificaciones. Por no decir, es la mortificación por
antonomasia. El Ancren Riwle o antigua regla de monjas eremitas en Inglaterra,
refiere que, al echar el huevo, la gallina cacarea, y al hacerlo, viene la
chova (ave parecida al cuervo), es decir, el diablo.
Fenelón y Law abundan en esto diciendo que el principal ayuno no es
el de la comida, sino el de la mente. Porque ¿qué necesidad hay de tanta
noticia, cuando todo lo importante sucede en nuestro interior? Si un perro no es bien considerado porque
ladra mucho, por qué a un hombre se le considera porque habla mucho, se pregunta
Chuang Tse. El hablar distrae, el callar y obrar da fuerza al espíritu, en
palabras de San Juan de la Cruz.
Hay tres grados de silencio, el de la boca, el de la
mente y el de la voluntad, según Miguel de Molinos, el místico
español del Siglo XVII, creador del quietismo, abstenerse de hablar ociosamente
es difícil; acallar el farfullar de la memoria e imaginación, mucho más
difícil; lo más difícil de todo es aquietar las voces de la codicia y aversión
dentro de la voluntad.
En 1945, Aldous Huxley ya consideraba que el Siglo XX se estaba
caracterizando por una descomunal eclosión del ruido, transportado
frenéticamente por las ondas de radio. Luego vino la televisión para llegar al
paroxismo de una comunicación del inimaginable ruido de los “mass media” “urbi
et orbe”, que se adueña de nuestra mente y nos mantiene constantes imágenes
subliminales que nos inducen a obrar de una determinada manera, a codiciar
bienes que no nos hacen falta y a su vez a comentarlos con otros, de modo que
el ruido mental y físico crece de manera exponencial en las comunidades
humanas. Todo ello ha hecho del silencio una extraña cualidad extraordinariamente
difícil de conseguir. Y Huxley no llegó a conocer Internet…
La principal actitud ascética es el silencio exterior e interior.
“Oíd y entended. No es lo que entra en la boca lo que contamina al
hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre”. Mt
15, 7-11
La oración
Hay cuatro estilos de oración, la petición, la
intercesión, la adoración y la contemplación. Petición es pedir algo
para uno, intercesión, para otros, adoración es la alabanza y la contemplación
es la quietud, la pasividad atenta.
La petición es la que refleja una actitud más egoísta. No requiere
del amor a Dios, ni lo expresa. Requiere un fuerte
sentimiento de centrado en el “yo” y en los propios deseos, seguros de que ahí
fuera alguien escucha y obedece a nuestras peticiones. Es el “hágase mi
voluntad”. Y como proclama Rhonda Byrne en su libro “el secreto”, basado en la
ley de la atracción, si uno se propone un objetivo con suficiente deseo y
voluntad, es muy probable que al final lo consiga. Obtener lo que se desea por
medio de la petición egoísta es una forma de hubris (arrogancia), que invita a su apropiada némesis, el castigo
que restituye el orden interno. Así, el folklore del indio norteamericano está
lleno de historias acerca de gente que ayuna y ora egoístamente, para obtener
más de lo que un hombre razonable debería tener, y que, al recibir lo que
pidió, ocasiona con ello su propia caída.
Los tres deseos de los cuentos de hadas suelen siempre terminar en
un desastre.
La única serie de peticiones lícitas son las que se proclaman en
las diferentes cláusulas del Padrenuestro, en concreto “hágase tu voluntad” y
“danos hoy nuestro pan de cada día”. La primera engloba y da sentido a la
Oración, la aspiración sincera de que en todo momento se cumpla la voluntad
divina, y la segunda, es el abandono a la providencia que sabe muy bien, qué
necesitamos materialmente cada día.
La intercesión demuestra tu preocupación por el otro, tu amor al punto que te eriges como su abogado. Es el
medio, ante Dios de amar al prójimo y su expresión.
La adoración es la vía del conocimiento unitivo de la Divinidad y
la expresión del amor a Dios. Y la contemplación o quieta mirada es junto con la adoración, las
formas superiores de oración. De hecho, las dos
anteriores, petición e intercesión son lo que habitualmente se denomina
“rezar”.
Sólo en los puros de corazón y pobres de espíritu, la realidad no
está deformada por la separación de la Unidad que oscurece, y no queda
interpuesta por ninguna placa de creencias.
San Anselmo hace una bella comparación. Dios es el Sol que ilumina
todas las cosas (es la Luz del día “diei”), por el puedes ver, pero a Él, como
al Sol, no le puedes mirar de frente, porque quedarías ciego.
El que desee trato con Dios, es decir el que desee orar, debe ante
todo ser humilde, tener pleno sentimiento y convencimiento de sus propias
miserias, y de la vanidad del mundo –dice Law-. Un mundano engreído, podrá
rezar sin parar, recitar letanías, pero será incapaz de orar. La devoción es la
aplicación de un corazón humilde a Dios como única felicidad.
La oración comienza siendo una actividad, una práctica religiosa,
similar a los ritos y liturgias. Pero esa actividad, en realidad, aunque se
califique de oración es tan sólo una primera aproximación, que se conoce como
“rezar”. Pasar de rezar a orar es pasar de hacer un conjunto de prácticas
religiosas a un status vital.
Cada místico tiene su propio camino de oración, su propio sendero
de vida interior. Agustine Baker, Eckhart, San Ignacio, Santa
Teresa, San Juan de la Cruz, William Law, en general
todos coinciden, sin embargo en que el recorrido va desde las oraciones
verbales y mentales, pasando por la representación de imágenes y escenas, y la
meditación de textos bíblicos. Pero esta es la primera parte del camino, donde
el alma necesita de apoyos físicos, sensoriales para “imaginarse” un diálogo
con Dios. En este recorrido, el alma tiene que tratar permanecer un tiempo
centrada en la imagen, en la frase, en la idea “en torno a” la divinidad. Pero
con ello merodea el objetivo, pero no lo ataca directamente. La vía directa
empieza con la adoración para desembocar en la contemplación, que es la máxima
expresión de vida de oración. El tiempo que el alma emplea en orar, se va
prolongando poco a poco, de modo que aunque dedique un cierto tiempo
diariamente al recogimiento interior y exterior, este estado, desborda los
límites estrechos de ese tiempo, para anegar poco a poco el resto de la vida.
Es como un río que se desborda e inunda los márgenes y riberas a su paso, hasta
derramarse por todo el campo. Y así, el alma termina viviendo en oración
permanente, incluso entre los pucheros de las tareas diarias, incluso en
sueños. Es el estado contemplativo de Presencia y quietud.
El proceso contemplativo es el auténtico proceso de mortificación,
de renuncia al yo. Esto lo describe San Juan de la Cruz como las noches oscuras. La primera noche es
la del sentido, donde se anulan las potencias de la mente. La segunda y mucho
más dolorosa, es la noche oscura del espíritu, donde se anulan las potencias
del alma, donde el yo, o lo que quedara de él, se extingue completamente. Es como
si en vida murieras, como si a un globo le pincharas el látex, y explotara,
fundiéndose el aire de dentro con el que le rodea. Pero para eso, el continente
del globo ha de extinguirse. Y ahí radica el dolor, el de la pérdida de la
“aparente identidad”, la que creemos que tenemos, para recuperar nuestro
verdadero “yo”, el que quedó perdido en el Edén.
Este proceso conlleva una considerable carga de sufrimiento.
El sufrimiento
Sufrir viene del latín “suffere”, soportar,
cargar. Es sinónimo de padecer “patere: estar acostado”, paciente, pasión.
Sufrir supone soportar una carga, una cruz, un estado indeseable,
alejado de lo deseable, de lo ideal, de lo que debería ser. Donde hay
perfección y unidad no puede haber sufrimiento. Para el individuo que logra la unidad dentro
de sí y con la divina Base, termina el sufrimiento.
La meta de la Creación es el retorno a la Unión. La unión genera
paz y felicidad; la separación sufrimiento. La verdad une, la mentira
separa. El egoísmo tiende a establecer una barrera entre cada cual y el resto,
“el muro”, barrera levantada para
“separar” lo mío de lo que no lo es. La barrera establece un diferencial
existencial entre dentro y fuera. Esa barrera abre puertas de comunicación tan
sólo para mantener o incrementar el desequilibrio con ayuda del demonio de
Maxwell, porque de otra forma, si
la puerta se abriera para equilibrar presiones, al final la barrera estaría de
más. Pero el demonio, por eso es un demonio, mantiene la desigualdad a fuerza o
a costa de un gran trabajo, un gran padecer, un peso cada vez mayor. La persona
sufre, consciente e inconscientemente.
El instinto de separación es escalable. Es decir, puede sentirlo y
desearlo un individuo respecto de su entorno, o una parte del individuo
respecto de él. El primer caso, la Filosofía perenne lo cataloga de impulso, pasión, pecado. En
segundo caso es una enfermedad, un cáncer. En realidad, el fenómeno es similar
y las consecuencias igualmente lesivas, es decir, al sufrimiento.
La Naturaleza mantiene un delicado estado estable entre la
tendencia integradora de los diferentes sistemas y subsistemas, y la tendencia
disgregadora que hacen que dichos sistemas adquieran verdadera entidad e
identidad. En general, todas las culturas coinciden en este planteamiento. El
budismo habla de la avidez como la causa del sufrimiento, y el desapego como su
liberación, mediante el sendero de los ocho pasos.
Para mantenerse íntegros y diferenciados del entorno, cada
individuo tiene que satisfacer un conjunto de necesidades básicas. La sensación
de déficit se experimenta como dolor, como malestar, en suma, como sufrimiento. La satisfacción de estas
necesidades se percibe como sensación de bienestar, tranquilidad. Así
planteado, la finalidad de la vida natural es la de mantener las diferentes
identidades biológicas en un estado estable de satisfacción de las necesidades
básicas. El sufrimiento, es decir, el hambre, la sed, el frío, el calor, el
dolor, la sensación de incomodidad, etc., son condiciones necesarias para
satisfacer estas necesidades y así neutralizar el sufrimiento.
La Creación lleva consigo la Caída. Ambas son inherentes. Porque
como quiera que para mantener la identidad y la integridad, hay que buscarse
los medios para preservar el orden interno, esto obliga a buscar los recursos.
Si estos fueran abundantes, no existiría el problema de la competencia. Pero al
ser habitualmente escasos respecto de la demanda, obligan a crear economías, es
decir, medios para una gestión racional de los recursos. Así que, por una
parte, en épocas de superpoblación, la competencia por los recursos escasos va
a generar lucha entre los miembros, quedando una proporción más o menos grande,
derrotada, y sufriendo por ello.
Por otra parte, dónde están los límites a los recursos necesarios.
Cuál es la percepción de lo necesario. Dónde empieza la ambición más allá de lo
razonable. ¿Qué es lo razonable?
La consumación de la Caída
ocurre cuando las criaturas procuran intensificar su separación más allá de los
límites prescritos por la ley de su ser.
En la Naturaleza, las especies han optado para satisfacer sus necesidades
por renunciar a su totípotencialidad en aras de adaptarse a la especialización.
Esto conlleva la cooperación entre órganos, individuos, grupos y
organizaciones. Se establece una simbiosis. Pero esta simbiosis se rompe cuando
alguna de las partes “rompe el pacto de cooperación” e intenta obtener más
beneficios de los que le corresponden a costa de sustraer recursos que
corresponden al resto de la comunidad.
Esta ruptura del pacto conduce a una intensificación de la
identidad separada del resto. Este proceso hace daño al conjunto desde el
primer momento, mientras que al individuo trasgresor, parece como si le fueran
bien las cosas. El incremento de esta separación y de esta asimetría, poco a
poco aumentará el daño global, hasta conducir inevitablemente a la muerte de
todo el sistema. Es el ejemplo del cáncer en los seres vivos, que conduce a la
muerte. En el plano sutil y psicológico, a esta situación irreversible de
maldad, se la denomina infierno, y a la voluntad de separación se la denomina
“demonio”, “diablo”. Los humanos somos capaces de ser diabólicos, lo que ningún
animal puede imitar, pues no tiene la suficiente inteligencia como para
apartarse de un comportamiento sistémico.
La capacidad para obrar el mal no es ilimitada, porque termina
matando y destruyendo, pero la capacidad para hacer el bien sí es ilimitada.
La Fe
Fe es confianza en alguien. Fe es creer en proposiciones que no
hemos podido verificar por nosotros mismos, como la existencia de lugares que
no hemos visitado o teorías que ni comprendemos ni podemos comprobar, o asertos
que nadie puede demostrar, como son los dogmas de las religiones. La fe es
condición previa de todo conocimiento, de todo obrar y de todo vivir
decentemente. La fe, como confianza, es condición indispensable para la normal convivencia
entre seres humanos.
Las sociedades se mantienen, no principalmente por el miedo de los
más al poder coactivo de los menos, sino por una difundida fe en la decencia de
los demás. Tal fe tiende a crear su propio objeto, mientras que una difundida
desconfianza mutua, debida, por ejemplo, a la guerra o a las disensiones
domésticas, crea el objeto de la desconfianza.
En la esfera de lo social, la fe es necesaria para confiar en
aquellos con autoridad moral reconocida para pronunciar afirmaciones que no se
pueden comprobar. Y es necesaria para aceptar las propias hipótesis
credenciales. Aunque en la vida social, nos acostumbramos a creer en la
apariencia de verdad de las mentiras.
En la esfera de lo sutil, aplica lo que comúnmente se denomina “fe
religiosa”. La fe religiosa es de una naturaleza tal que ningún ser humano
puede razonarla ni demostrarla, ni en todo ni en parte. Es simplemente, y se
acepta o no se acepta. Y no hay razones ni para aceptarla ni para rechazarla.
Es algo que supera el entendimiento humano.
De esta forma, la fe sobre ideas no comprensibles puede desplegarse
en un amplio espectro de actitudes, desde la mística más elevada hasta el
fanatismo más ciego y, hasta la justificación del propio
pecado gracias a la fe.
En Filosofía perenne, la fe que se supone salvadora puede ser una
fe en proposiciones no meramente inverificables, sino que repugnen a la razón y
al sentido moral y estén en completo desacuerdo con los resultados obtenidos
por los que cumplieron las condiciones de penetración espiritual en la
Naturaleza de las Cosas. Un Dios misericordioso que por otra parte va a salvar
sólo a unos pocos de toda una Humanidad pecadora, que parece deleitarse en la
tortura de los miserables. Esta es la apariencia de realidad del mundo, muy
bien aprovechada por las autoridades religiosas.
La revelación no dice nada de todas estas doctrinas horribles, a
las cuales la voluntad fuerza el intelecto, que siente por ello una renuencia
harto natural y justa a dar asentimiento. Tales nociones no son producto de la
penetración de los santos, sino de la atareada fantasía de juristas, que
estaban tan lejos de haber trascendido el yo y los prejuicios de la educación,
que tenían la loca presunción de interpretar el universo en términos de la ley
judía y romana, con la que estaban familiarizados. "¡Ay de vosotros, los
juristas!", dijo Cristo. La acusación era profética y válida para todos
los tiempos.
Periódicamente en la Historia, se ha producido un balance entre la
tendencia innata de los juristas y legisladores religiosos a interpretar la
revelación y la fe de modo dogmático, lo que siempre ha llevado a una
judicialización de la fe y de la vida religiosa, es decir la religión basada en
dogmas y cánones legislativos de comportamiento con un severo código penal,
tanto temporal (inquisición) como intemporal (penas de infierno y purgatorio),
y movimientos reactivos contra esa opresión y dominio de las conciencias,
liderados generalmente por místicos y personas que buscaban la “liberación” de
las cadenas humanas para encontrar a Dios sin trabas, volviendo a los orígenes
o renovando completamente el statu quo religioso del momento, por lo que
siempre han sido perseguidos, encarcelados e incluso condenados a penas capitales.
Siempre ha sido así y siempre será así. Volvemos al intento de dominio del gran
colectivo, del pueblo por los más fuertes, por los somatotónicos.
La esencia de cualquier religión es la Filosofía perenne. Tiene que haber una fe,
en el sentido de confianza, pues la confianza es el principio de la caridad
para con los seres humanos. Y además la fe, en el sentido de confianza hacia
Dios, porque también es el principio de la caridad suprema. Debe haber fe en la
autoridad de los maestros, que conocen por experiencia (no por estudios
solamente), la Divina Base de todo ser. Y finalmente fe en las proposiciones
sobre la Realidad aportada por los filósofos a la luz de la iluminación, que el
creyente sabe que puede experimentar si se pone a ello.
Con todo, Huxley recuerda que “una
existencia que saca su objetividad de la actividad mental de los que creen
intensamente en ella, no puede de ningún modo ser la Base espiritual del mundo
y que una mente atareada en la actividad voluntaria e intelectual que es la
"fe religiosa" no puede hallarse en el estado de abnegación y atenta
pasividad que es la condición necesaria para el conocimiento unitivo de la
Base. Por esto afirman los budistas que "la amorosa fe conduce al cielo;
pero la obediencia a la Dharma conduce al Nirvana". La fe en la existencia
y poder de cualquier entidad sobrenatural que sea menos que la Realidad espiritual última, y en
cualquier forma de adoración que no alcance el anonadamiento de sí mismo,
producirá sin duda, si el objeto de la fe es intrínsecamente bueno, un
mejoramiento del carácter, y probablemente la supervivencia postuma de la
mejorada personalidad en condiciones "celestiales". Pero esta
supervivencia personal dentro de lo que es todavía el orden temporal no es la
vida eterna de la unión atemporal con el Espíritu. Esta vida eterna "está
en el conocimiento" de la Divinidad, no en la fe en algo que sea menos que
la Divinidad”.
Como dice Santa Teresa, no es lo mismo estar que estar, pelar
patatas que pelar patatas; no es lo mismo creer en Dios que creer en Dios. No
es lo mismo imaginarse a Dios y relacionarse con Él a través de una serie de
prácticas religiosas, que vivir a Dios. La práctica religiosa presenta
muchísimos matices, muchísimas manifestaciones, desde las más sencillas hasta
las más rebuscadas y barrocas; desde las más ritualistas y ceremoniosas hasta
las más puras simples; desde las más enrevesadas hasta la quietud total. Y todo
esto, dependiendo entre otras cosas en el tipo de fe que las personas tengan en
Dios. La fe basada en un dios hecho a nuestra imagen y semejanza, que exige ser
adorado a través de rituales, solemnidades y demás manifestaciones externas no
tiene absolutamente nada que ver con la fe basada en la asunción de la Divina
Realidad.
Esta es la clave de la fe, la basada en un dios imaginado por
nosotros o en el Dios absoluto, al que sólo podemos experimentar por la vía
mística.
Y todo esto sucede en el silencio de la Vida Interior.
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Autor: José
Alfonso Delgado
Nota: La
publicación de las diferentes entregas de La Física de
la Espiritualidad
se
realiza en este blog, todos los lunes desde el 4 de enero de 2021.
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