14/1/14

La muerte no existe: morirse a gusto


La muerte es un imposible

La muerte es un imposible, una fantasma -solo eso- de la imaginación humana. La Creación y el Cosmos son una colosal manifestación de Vida y Consciencia. También el ser humano, por lo que lo que auténticamente somos (vida) y sentimos que somos (consciencia, estado consciencial) trasciende rotunda e infinitamente lo que una vida física y la existencia durante unos pocos años, significan.

En este marco, lo que la Humanidad denomina muerte no es tal, sino el punto evolutivo y la fase de transición entre el fin de un ciclo vital (la vida física y la encarnación material que termina) y el inicio de otro ciclo vital (una nueva reencarnación en una nueva vida física). La evolución y los ciclos son consustanciales a la Creación. Nuestros ancestros se percataron de esto y lo condensaron en lo que “El Kybalion” denomina Principio de Ritmo. Y el Cosmos y la Naturaleza se renuevan y regeneran, fluyen y refluyen, mediante los cambios de ciclo.

De este modo, tener miedo a la muerte es tenerlo a la vida, pues no hay vida sin muerte, ni muerte sin vida. Y comprender la muerte es entender la vida. La muerte corporal es un apagado; y el nacimiento físico, un encendido. Por cada apagado hay un encendido y, así, se recrea y expande nuestra existencia en el plano humano a través de una prolongada cadena de vidas o reencarnaciones.

La mayoría de las tradiciones y corrientes espirituales de la Humanidad, nos enseñan que nuestra encarnación en este plano material no se plasma en una única vida física, sino en una cadena de vidas a través de múltiples  reencarnaciones. De hecho, la reencarnación es el sostén de la experiencia humana, que ni empieza ni concluye con la vida física actual.

Tomar consciencia de esto alivia el estrés -por llamarlo de algún modo- con el que algunas personas viven su espiritualidad, máxime cuando va unido a las nociones de culpa y pecado: lo que transforma la espiritualidad en una trampa mortal que nos impide vivir y disfrutar de la Creación y de nuestro auténtico ser, haciéndonos “manipulables” y “religioso-dependientes”.

Además, antes de cada reencarnación, es cada uno -nosotros mismos y sólo nosotros- quien elige “el yo y las circunstancias” que desea vivenciar y las experiencias que quiere desplegar en la nueva vida.

Conviene repetirlo: tener miedo a la muerte es tener miedo a la vida. Y para conocernos a nosotros mismos y vivir la vida hay que comprender y asumir la muerte. Por lo que discernir acerca de ésta y otear lo que representa, no es un juego mental, ni otra de nuestras muchas obsesiones intelectuales relacionadas con el futuro. Al contrario: resulta imprescindible para vivir el Aquí y Ahora, que es la vida misma; y para perderle el miedo, que es el medio para saborear el Aquí y Ahora como se merece y sacarle  a la vida todo su jugo.

No esconder la muerte

La sociedad occidental contemporánea contempla la muerte de forma muy distinta a la que se acaba de exponer. Es más, entre sus numerosas neurosis, destaca una francamente curiosa: el empeño en negar emocionalmente la muerte y procurar mantenerla oculta.

Cada vez más, se tiende a esconder la muerte. Parece como si fallecer fuera un desliz extemporáneo, una falta de educación o hasta una perversidad, algo que hay ocultar, sobre todo, a los niños, en lugar de acostumbrarlos a experienciar lo que el tránsito significa como primer paso para que no vivan con miedo a la muerte.

Pocas personas fallecen ya en su casa y casi no hay velatorios en el hogar. Inmediatamente producido el óbito, el cuerpo se envía desde hospital al tanatorio, para proceder, con la mayor rapidez posible, al enterramiento o a la incineración. Todo muy eficaz, pulcro, atildado y profiláctico, con protocolos     –incluidos los famosos “pésames”- tan impersonales como perfectamente pre-establecidos, tan automatizados como carentes de sentimientos. Si es preciso y para hacerle “un favor” a la familia, hasta se certifica médicamente una hora distinta a la que realmente ha acontecido el fallecimiento, al objeto de acelerar los trámites y recortar los tiempos de espera y el duelo.

El siguiente texto, Morirse a gusto, de Alejandro Rocamora -psiquiatra y miembro fundador del Teléfono de la Esperanza- es muy aclaratorio al respecto y, entre otras cosas, cita un libro muy aconsejable para quien quiera reflexionar sobre lo que se viene exponiendo: “Morir en la Ternura” (Ediciones San Pablo), de Cristiane Jomain.

Morirse a gusto

El hombre actual contempla la muerte como el fracaso de su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza. El “hombre tecnificado” puede controlar y manipular casi todo, pero se encuentra indefenso ante el hecho innegable de la muerte. Así, la muerte y el morir no tienen cabida en las sociedades industrializadas, no afectan a los sistemas productivos. La muerte, la agonía y la senectud son consideradas como representación de la impotencia de la moderna tecnología biomédica.

Y esto es así porque una sociedad centrada en “valores” como el consumo, la producción y la eficacia, necesariamente debe repudiar todo lo que no sea: acción, rendimiento y vitalidad. La muerte, el hecho de morir, implica destrucción y negación de todos esos valores actuales y por esto, la muerte hoy, es un “anti-valor”.

Hasta mediados del siglo XX, el gran tabú del ser humano era el sexo; después fue la muerte, y actualmente nos atreveríamos a decir que es la situación posterior a la muerte en los supervivientes: el duelo.

En el mismo lenguaje reflejamos nuestro miedo a la muerte al utilizar sinónimos o equivalentes de la angustiosa realidad que supone el morir: “Ha fallecido”, “Ha pasado a mejor vida”, “Descanse en paz”, etc., son algunas de las frases que utilizamos en esos momentos. Incluso el duelo y la aflicción por la muerte de un familiar ya no son tan aceptados como en otras épocas.

Se ha cambiado la forma ideal de morir: antes se deseaba una forma consciente, lúcida y con un apoyo espiritual y sacramental; hoy se desea una muerte rápida y sin sufrimiento (¿Sufrió mucho?, ¿Se enteró?, son las preguntas más frecuentes en estas circunstancias).

Con frecuencia, cuando un enfermo terminal afirma: “Me voy a morir”, los familiares suelen contestar: “Todos tenemos que morir; nosotros también nos vamos a morir”. Pero esta respuesta no es sincera: pues el enfermo habla de “morirse” (se está muriendo) y el familiar se refiere a un proceso que dura toda la vida.

Freud (1915), en Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte, señala que “La única manera de hablar de la muerte es negándola”, aunque al final de ese mismo trabajo concluye: “Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”. Desde que el hombre existe, se ha observado una actitud de ambivalencia, de deseo y de rechazo, de amor y de odio, hacia la muerte; no obstante, mientras el hombre primitivo encontró una salida en su animismo, al hombre actual, esa ambivalencia le lleva a la culpa y, consiguientemente, a la neurosis.

La negación emocional de la muerte puede tener diversos ropajes: desde la preocupación, la ansiedad y el temor -que son las más comunes-, hasta una hiperactividad (culto al trabajo), el narcisismo (culto a sí mismo) o la confianza ciega en la ciencia para evitar la muerte (culto a la técnica médica).

Es cierto que la muerte nos hace a todos iguales: tanto el Rey como el vagabundo deben enfrentarse a este hecho de vida en soledad. La muerte es la única vivencia que no podemos compartir. Pero también es cierto que este momento importante de la vida depende fundamentalmente de dos situaciones: ¿cómo se ha vivido?; y ¿cómo se siente ante el entorno? Es decir: morir en paz no se improvisa, sino que estará en función de cómo se ha desarrollado la vida: intereses, valores y sentimientos estarán ayudando o entorpeciendo el ‘bien morir’. Pero también de cómo se realice el momento de morirse (en casa, en el hospital, con sufrimiento, lúcido, etc.) favorecerá o entorpecerá una “muerte digna”.

Morirse a disgusto, según la autora de “Morir en la ternura”, Cristiane Jomain, se desarrollaría entre dos polos: la desgracia de morir en soledad y la desgracia de no tener un espacio de soledad necesario para vivir. El primer supuesto está amenazado en nuestra cultura, pues tendemos a negar la muerte de nuestro familiar en la falsa creencia de que no se dará cuenta; pero igual se siente solo al no poder compartir su miedo ante la muerte próxima. La segunda necesidad del moribundo es la de tener un espacio psicológico para poder elaborar la eminente pérdida de la vida y poder despedirse, sin trauma y también sin agobio. En este sentido, una excesiva presencia de los familiares y de los cuidadores dificultaría el proceso de “morirse a gusto”. Habría que añadir una tercera necesidad del moribundo: la ausencia de sufrimiento inútil, que lo único que consigue es prolongar una vida vegetal. Si se dan estas tres condiciones, entonces sí que podríamos decir que se produce una “muerte a gusto”.


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