11/9/13

Dios en el momento evolutivo de la Humanidad


Se trascribe bajo estas líneas un artículo de Emilio Carrillo publicado el pasado 4 de septiembre por Preparémonos para el Cambio.
Su título es Dios en el momento evolutivo de la Humanidad y también se puede acceder a él por medio de este enlace:

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Agradezco a Preparémonos para el Cambio que me ofrezca la oportunidad de poner en común con tod@s vosotr@s un conjunto de reflexiones, inspiraciones e intuiciones a propósito de mi nuevo libro, titulado “Dios” (Editorial Nous), que ha visto la luz a comienzos del presente mes de septiembre:
      Para divulgar sus contenidos, entre el 12 de septiembre y el 30 de noviembre compartiré por toda España una amplia serie de charlas y encuentros de los que se informa con detalle en este enlace:

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I. El momento evolutivo de la Humanidad

1. El libro “Dios” tiene como hilo conductor el hecho de que la Humanidad ha entrado en un nuevo ciclo evolutivo de transición desde la “consciencia egocéntrica” a una “Consciencia de Unidad”. La “consciencia egocéntrica”, ligada al aferramiento al “yo” (el cuerpo físico, los sentidos corpóreo-mentales, los pensamientos, la personalidad y el ego a todo ello asociado) y a una “naturaleza egocéntrica”, supuso, en su momento, un éxito de la evolución y ha sido muy valiosa en el proceso consciencial del género humano. Pero en el devenir de éste, se ha terminado por convertir en un obstáculo, hasta el punto de poner en peligro la propia supervivencia de la Humanidad como especie. Para salir de esta limitación, el ser humano se dirige de forma natural a una nueva fase del proceso evolutivo definida por la “Consciencia de Unidad”.

2. Esta “Consciencia de Unidad” tiene tres manifestaciones fundamentales: la unión y la simbiosis con la Madre Tierra; la percepción de la Humanidad como una gran y única red en la que todos los seres humanos se integran e interaccionan; y la conexión con nuestra divinidad, abandonando la visión de un Dios “exterior” para conectar con nuestro “verdadero ser” y “naturaleza esencial” y divinal.

3. Con relación a las dos primeras, la Humanidad, a lo largo de los milenios, se ha ido separando de la Madre Tierra, deteriorando gravemente el hábitat ecológico del que depende no la vida de la Tierra, que está fuera del alcance de la mano del hombre, sino la supervivencia del género humano. Igualmente, se ha fragmentando hasta romperse en mil pedazos, provocando muerte y dolor por doquier y produciendo suficiente cantidad de odio y armas como para borrar de la faz del planeta toda presencia humana. Pues bien, estos dos fenómenos no son independientes entre si, sino que se hallan absolutamente interconectados. Ambos son consecuencia de la prevalencia de la “consciencia egocéntrica”. Y en tanto no haya hermandad entre la Humanidad y la Naturaleza, en su globalidad y con cada una de sus singularidades, no habrá hermandad dentro de la propia Humanidad.

4. En cuanto a la tercera manifestación de la “Consciencia de Unidad” –la conexión con nuestra divinidad-, el momento evolutivo de la Humanidad impulsa naturalmente a que entremos de lleno en el meollo de la cuestión y dejemos de hablar de otros asuntos que, aún siendo relevantes, no hacen sino girar alrededor del núcleo principal. Y este núcleo es Dios (que cada uno lo llame como quiera y sienta), lo que es, supone y representa y sus implicaciones para el ser humano. Es el momento de que conectemos con nuestra esencia y naturaleza divinales.

5. En esto último se centran los seis capítulos que conforman el libro “Dios”. En ellos se desgranan y profundiza en las reflexiones que telegráficamente se sintetizan a continuación

II. Del Dios “exterior” al “Dios que es yo”

6. Vaya por delante que no soy creyente y desde el interior siento y sé que Dios no existe: En lo relativo a “creer”, la primera acepción que señala el Diccionario es “tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado”. La segunda, “dar firme asenso a las verdades reveladas por Dios”. En cuanto a “existir”, la Academia ofrece tres posibles usos: “dicho de una cosa, ser real y verdadera”; “tener vida”; y “haber, estar o hallarse”. Pero el entendimiento humano sí puede “alcanzar” a Dios, ya que Dios es, íntima y primordialmente, cada uno de nosotros. Y Dios no puede “revelarnos” nada, pues no es ajeno o distinto a nosotros mismos y la “revelación” exige una separación entre quien la da y quien la recibe. Por ello, con relación a Dios, de nada valen ni el verbo “creer” ni la expresión “creyente”. Y Dios no es una “cosa”, ni “tiene” vida, ni “está” ni se “halla” en parte alguna, tampoco en el célebre Cielo. Por lo que a Dios tampoco le es de asignación el verbo “existir”, ni cabe, por tanto, afirmar que “Dios existe”.

7. Es cierto que son muchas las personas que se dicen “creyentes” o “no creyentes” y hablan de “creer” o “no creer” en Dios o se posicionan sobre su “existencia”. Los “creyentes” sí “creen” en esa “existencia”, por lo que suelen profesar un determinado “credo” o religión; los “no creyentes” no “creen” en tal “existencia” y no hacen suya ninguna “fe”. Ambas posturas –“creyente” y “no creyente”- parecen rotundamente opuestas. Sin embargo, las dos participan de idéntica base y tienen un mismo principio y fundamento: la percepción de un Dios “exterior”. Y es perfecto, no pasa nada. Simplemente, en su proceso evolutivo, aún no han tomado consciencia de que así están marcando una división y una frontera entre Dios y ellas. Pero esa escisión y esa barrera son sólo una ficción mental, no son reales.

8. Lo Real es que entre Dios y yo -cada uno de nosotros- no hay ruptura o segregación posible: Dios es yo soy Dios cuando ceso de ser yo: Para expresar lo que mi Corazón indica sobre Dios, el Amor es lo primero. En la Primera Carta de Juan (1 Juan, 4, 7-8), se indica: “el Amor es Dios y todo aquel que ama conoce a Dios; el que no ama no ha conocido a Dios porque Dios es Amor”. Y en el Amor y desde mi interior, “veo”, siento y percibo que Dios es No-Ser; y, no siendo, Es: Dios es No-Ser y Ser. Por lo mismo, Dios, siendo Vacío, es Plenitud. Y siendo Nada, es Todo, sin excepción. Y Todo, sin exclusión de nada, es Dios. Ese Todo te incluye a ti, a mí, a todos y a todo. Por tanto, Dios es yo. Y yo… ¿soy Dios?: Dios es yo y yo soy Dios precisamente cuando ceso de ser “yo”, es decir, cuando dejo de identificarme con cualquier tipo de identidad, sea física, álmica o espiritual, sea individual o colectiva. Esto supone tomar consciencia plena de nuestro “verdadero ser” y “naturaleza esencial” y divinal, dejando atrás el aferramiento a un “yo” material, emocional y mental.

III. La parábola del “Hijo Pródigo”

9. La parábola del “Hijo Pródigo” sintetiza metafóricamente la identificación con lo que no somos tanto a través de la figura del “hijo pródigo” o hermano menor -que ejemplifica la “tragedia del incrédulo” (ateo, agnóstico, escéptico) que se separa intelectualmente del Padre- como del “hermano mayor” -que representa la “tragedia del creyente”, que cree vivir junto al Padre, pero realmente no lo conoce y lo ha convertido en un ídolo distante y lejano-. A lo que se suma la “tragedia de las religiones”: queriendo acercar el ser humano a Dios, han terminado por levantar un muro entre Dios y el ser humano.

10. La parábola llama a la identificación con el Padre/Madre, percatándonos de que “Yo y el Padre somos Uno”, pues es nuestro “verdadero ser”.

11. A ello se dirige la “nueva” espiritualidad que emerge hoy en la consciencia humana. Es la espiritualidad de los místicos y místicas de todas las épocas y culturas, aunque con dos importantes diferencias: no necesita vivenciarse dentro de ningún “credo” o religión; y ya no es algo aislado y minoritario, sino que se expande cada vez entre más gente y de una punta a otra del planeta.

IV. Aferramiento a la visión de un Dios exterior: la cadena causa-efecto

12. No obstante, la idea de Dios que aún comparte la mayoría de la Humanidad es la de algo o alguien “exterior” a nosotros.

13. Esto nos sumerge en el olvido de nuestro “verdadero ser” y “naturaleza esencial”, que son absolutamente divinales.

14. Y tal olvido -la ignorancia de lo que auténticamente Somos- impide, a su vez, que sintamos la Felicidad que es nuestro Estado Natural.

15. La consecuencia inmediata e irremediable de los tres puntos anteriores es la identificación con lo que no somos: el cuerpo físico, los sentidos corpóreo-mentales, los pensamientos y emociones, la personalidad,.... Es decir: con lo que realmente es sólo el “instrumento” o “vehículo” que utilizamos para experienciar en el plano humano. De este modo, los seres humanos pierden la consciencia de que se trata exclusivamente de un “vehículo”, se aferran a él desde la absurda creencia de que él es lo que son y terminan atados a un falso “yo” y a una “naturaleza egocéntrica”.

16. Y desde ésta, se lanzan hacia fuera de ellos mismos en busca del “bien-estar”, pobre sucedáneo de la Felicidad (“Bien-Ser”) que es nuestro Estado Natural.

17. Una búsqueda en la que se usa como herramienta la experiencia dual, basada en la no aceptación y en juzgar y etiquetar dicotómicamente (“positivo” y “negativo”, “bueno” y “malo”, “agradable” y “desagradable”,…) todo lo que ocurre en nuestra vida y a nuestro alrededor. Pero las experiencias carecen de “color”. Simplemente, son experiencias, todas con su porqué y para qué en el proceso consciencial y evolutivo de cada cual. Y cada experiencia -la que sea- tiene su peculiar vibración. Las apariencias de las experiencias -es decir: lo que perciben de ellas nuestros sentidos corpóreos y mentales- no son reales. Lo real en las experiencias es su vibración, que se puede escuchar desde el Corazón, como si se tratara de una melodía musical. Y desde el Corazón -desde nuestro "verdadero ser"- podemos armonizar la vibración de cada experiencia -la que sea- para que resuene en Frecuencia de Amor.

V. La idea de un Dios exterior y la búsqueda del bienestar: causa y origen del sufrimiento humano

18. Por tanto, la búsqueda del bienestar en el “exterior” es la derivación lógica de la idea de un Dios “exterior”. Y ambas -esa idea y esa búsqueda- son origen y causa del sufrimiento humano. No en balde, el objetivo de la búsqueda es la satisfacción de nuestros deseos. Pero cuando esto no se consigue, se siente dolor (“mal-estar”), lo que produce sufrimiento. Y cuando sí se logra, se trata de una satisfacción momentánea y pasajera (“bien-estar”) que nos aferra todavía más en el olvido de lo que Somos y es preámbulo de más sufrimiento. Así, el sufrimiento es la consecuencia inexorable de la búsqueda del bienestar. La imagen de la diosa Iustitia, su significado alegórico, lo simboliza con gran precisión: la balanza (la experiencia dual y el sufrimiento); la espada caída (en lugar de la razón, el Corazón); y la venda en los ojos (la vida es sueño, pero se puede vivir “dormido” -ensoñación: ojos tapados- o “despierto”).

19. Pero, ¿cómo evitar el sufrimiento? Tirando del hilo de la madeja, hay que volver al principio de esta cadena de causas y efectos: la idea de un Dios exterior. Por lo que la clave para evitar y superar el sufrimiento radica en la toma de consciencia acerca de que no hay desunión posible entre Dios y yo: Dios es yo y yo soy Dios cuando ceso de ser “yo”, es decir, cuando dejo de aferrarme a cualquier noción de identidad, sea física, álmica o espiritual, sea individual o colectiva. Es así cómo la diosa Iustitia se transfigura en la “Estatua de la Libertad”: ojos destapados, libro de la Sabiduría (fin de la experiencia dual) y Luz que se eleva para iluminar la Vida.

VI. El Retorno al Hogar

20. La toma de consciencia de nuestra divinidad supone una especie de Retorno al Hogar, a lo que siempre hemos sido, aunque lo hayamos olvidado, percibiendo la Naturaleza de Dios, que es la nuestra.

21. Y esto no es algo teórico o “teológico”, sino una experiencia práctica que se materializa en la vida diaria: desalojo interior y vaciamiento; Vida Sencilla; práctica del Aquí y Ahora; Libertad y superación de miedos y autolimitaciones mentales; espacios de Silencio; conexión con la Quietud que atesoramos en nuestro interior para que nuestro Movimiento en el día a día sea resplandor de esa Quietud; etcétera. Así hasta permitir que el Amor que Somos se libere de las capas conscienciales que tapaban su Presencia e interferían su Frecuencia, posibilitando que ésta -la Frecuencia de Amor- impregne e impulse las actitudes, acciones y reacciones con las que, de instante en instante, afrontamos los hechos cotidianos.

22. Sin embargo, en lugar de percibir nuestro “verdadero ser” y “naturaleza esencial” y divinal e intentando escapar del sufrimiento que experimenta, el ser humano se inventa mentalmente dos necesidades imperiosas: la “necesidad de hacer” muchas cosas -cuantas más mejor- y “realizarse” en ellas; y la “necesidad de cambio”, sea de uno mismo, de aquéllos con los que convivimos o del mundo y las cosas en general. Pero ambas necesidades son, simplemente, una huida hacia delante. Y generan, a la postre, el mismo sufrimiento que se quería evitar o superar.

VII. No hay cambio, sino Evolución

23. Lo Real es que en la Creación nada se halla estancado o inamovible: todo se encuentra en veloz y constante Evolución, que constituye el Orden Natural (Tao). La idea de cambio supone desconocer esa Evolución inmanente, con sus procesos y ritmos naturales, y pretender neciamente “marcar el paso” desde el ego para que las cosas se ajusten a lo que “yo” deseo, cuando “yo” deseo y de la manera que “yo” deseo. Nada se logra con ello, salvo provocar que la Evolución marche “cuesta arriba”: desde la aceptación, la Evolución discurre armónicamente; por el contrario, el propósito de cambio la distorsiona y hace sufrido lo que en sí es puro fluir.

24. En el contexto, precisamente, de la Evolución, la Humanidad ha entrado en el nuevo ciclo evolutivo con el que se inició esta charla y se camina hacia una nueva consciencia: la “Consciencia de Unidad”.

VIII. Innecesariedad de hacer

25. Lo Real es que no hay necesidad, compromiso o deber alguno de hacer nada.

26. Darse cuenta de la “innecesariedad de hacer” lleva a comprender que el “quid” de la cuestión no está en “qué” hago, sino en “cómo” acometo lo que sea que haga. La “naturaleza egocéntrica” llama a poner el acento en el “qué” (qué hago o dejo de hacer, qué “debo de”, qué “tengo que”,…). Y nuestra “naturaleza esencial” deja el “qué” en manos de la Providencia –nuestro “verdadero ser” en acción- y la Vida –responsabilidad al 100 por 100 de cada uno- y se centra en el “cómo” para llenar de Amor e impregnar con su vibración, con la Frecuencia de Amor, todos los hechos y circunstancias –experiencias, en definitiva- que la vida (no la programación mental) va poniéndonos por delante de instante en instante en el “Vivir Viviendo”. Y da igual el color que la mente -desde la “experiencia dual”- quiera otorgar a la experiencia –“alegre” o “triste”, “placentera” o “dolorosa”,…-. Sólo importa situar en la vibración del Amor cada experiencia que la Vida traiga a nosotros.

27. Centrado en el “cómo” y en Frecuencia de Amor, ejercito mis dones y talentos –cada cual cuenta con los suyos-, que se manifestarán en el día a día naturalmente, sin esfuerzo y con entusiasmo (“Dios en mi”). No en balde, los dones y talentos son plasmación y expresión directa en “mí” de la Presencia de Dios, que es yo. Lo que no quita para que atendamos, igualmente, los otros quehaceres que vengan de la mano de la Providencia y la Vida. Sin juzgar las experiencias ni etiquetarlas dualmente, las impregnaremos todas con la Frecuencia de Amor que subyace en nuestro interior. Y lo haremos sin esperar ni desear nada: sin pretender levantar en los demás ni admiración ni reconocimiento o valoración positiva. Y sin perseguir “ayudar” a nadie, pues la comprensión de la “innecesariedad de hacer” habrá hecho ver la enorme carga de vanidad que supone querer incidir o interferir en el desenvolvimiento de algo donde todo tiene su porqué y para qué y todo fluye, refluye y confluye en el Amor de cuanto Es y Acontece.

28. “Ama al prójimo como a ti mismo”: Énfasis en el “ama al prójimo” y olvido del “cómo a ti mismo”. Esto último se ve como egoísmo. Pero no es así. Amarse a un mismo es el “endiosamiento: recordar nuestro verdadero ser y naturaleza esencial y divinal; destapar el Amor que Somos y no impedir su Presencia ni su Frecuencia. A partir de lo cual, el “ama al prójimo” será tan natural que ya ni siquiera será “ama”, sino Amor, sin sujeto, en acción.

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