Agenda completa de actividades presenciales y online de Emilio Carrillo para el Curso 2025-2026

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5/12/09

Sexualidad tántrica: Meditación de la Luz

Tras la entrada publicada el 3 de diciembre sobre el “Hieros Gamos”, José Carlos Cuerda, seguidor del Blog, se ha animado a compartir con nostro@s una serie de reflexiones relativas al tantrismo, entresacadas en parte del libro de Diana Richardson titulado Tantra Amor y Sexo. El corazón del sexo tántrico. Son sólo unas líneas, nos señala, porque el tema es muy amplio y es posible profundizar en muchas direcciones:

El arte del tantra se define como la conjunción de sexo y meditación. Es una experiencia espiritual, a la vez que física y energética, donde extremos, aparentemente opuestos, se unen para formar uno solo. Cuando esto sucede surge un soplo mágico que nos transporta a una “cuarta dimensión” donde nos sentimos misteriosamente envuelt@s en un fascinante “momento presente”. Es un momento en que nos sentimos sensibles y permeables porque la energía esencial del Universo, el pulso mismo de la vida, palpita en nosotr@s.

El tantra es “consciencia de la realidad”. Nos invita a ser plenamente conscientes de nosotr@s mism@s mientras realizamos el acto sexual, a proyectar nuestra atención sobre el interior, estar absoluta y plenamente presentes para nuestros sentidos y sentimientos, estar “aquí” y “ahora”. Generalmente pensamos que meditar es estar a solas sentado en el suelo con el tronco erguido, permaneciendo tranquilo y sin hacer un solo movimiento… en efecto, así podemos meditar, pero es solo una forma de meditación.

El tantra indica tres formas de analizar nuestra sexualidad para limpiarnos o desacondicionarnos, con efectividad, de patrones sexuales inconscientes que afectan a la calidad amorosa de nuestra vida.

La primera de estas formas es cuestionar el hábito de tener que alcanzar el orgasmo a toda costa; así como darnos cuenta de que cuando vamos a alcanzarlo estamos básicamente ausentes o distraídos y, en consecuencia, relativamente inconscientes.

La segunda es cambiar la naturaleza de nuestra participación en el acto sexual; es decir, en vez de “hacerlo”, “estar” en él.

La tercera es restablecer nuestra sensibilidad genital original (inteligencia magnética) por medio de la relajación y de la consciencia del “momento presente”.

Hay muchas prácticas tántricas; el círculo de la respiración luminosa, la Meditación de la Luz, es una de las más antiguas formas de meditación tántrica, que todos podemos practicar:

Preparad vuestra alcoba como si fuese un templo, esto es, con flores, música e incienso.

Poned velas por toda la alcoba de forma que haya suficiente luz para que podáis miraros a los ojos.

En el centro de la habitación y en el suelo, colocad un colchón con una almohada en cada extremo; así podréis sentaros cara a cara, uno frente al otro.

Situad una vela encendida entre las dos almohadas.

Cuidad de que haya suficiente espacio entre las almohadas para que podáis estar cómodamente sentados con la vela en medio.

Escoged una pieza de música (de unos cuarenta y cinco minutos de duración) que abra y expanda vuestra energía.

Colocad otro almohadón o silla en ambos extremos de la alcoba, bien alejados del centro de la misma.

Preparad la alcoba con media hora de anticipación y no entrad en ella hasta que llegue el momento indicado; durante este tiempo la música estará sonando.

Daos una ducha y en silencio encontraos en la puerta del templo. Usad ropa suelta y cómoda para que podáis quitárosla con facilidad si ese es vuestro deseo.

Poned en marcha la cinta o el CD; o, si ya había música, dejadla que siga tocando.

Acercaos lentamente a los dos almohadones o sillas colocados en los extremos opuestos de la habitación y meditad sentados durante unos diez o quince minutos.

Cerrad los ojos, y permitid que una sensación de tranquilidad surja dentro de vosotr@s.

Olvidaos de la otra persona y centrad la atención en vosotr@s mism@s.

Haced que vuestro estado de consciencia se deslice hacia abajo por vuestra espina dorsal hasta llegar al vientre.

Aspirad aire hasta un nivel de cinco centímetros por debajo del ombligo.

Espirad el aire después de contar tres.

Aspirad el aire después de contar tres.

Mantened vuestro estado de consciencia en vuestro vientre.

Respirad de esta forma durante varios minutos.

Cuando tengáis la sensación de que estáis “llegando” a vuestro cuerpo, abrid los ojos.

Procurad que la visión sea suave y hacia dentro como si el templo estuviese mirando dentro de vosotr@s.

Poneos de pie lentamente con la sensación de que vuestras piernas y pies están adheridos al suelo.

Emplazad un intenso estado de consciencia en el pene (el hombre) y en los senos (la mujer) de modo que se despierte la energía que hay en ellos.

Comenzad a andar lentamente hacia el lugar donde se va a rendir culto al amor.

Cuanto más lentamente andéis mejor, ya que durante el trayecto tenéis que desarrollar en vosotr@s mism@s la impresión de que sois más energía que cuerpo.

Sentaos cara a cara, uno frente al otro, en el colchón, mirando la llama de la vela que hay entre vosotros.

Cuando aspiréis, imaginaos que estáis aspirando luz.

La mujer aspira a través de la vagina y espira a través del corazón.

El hombre espira a través del pene y aspira a través del corazón.

Dejad que la luz circule por vuestro cuerpo; para ello, aspirad de forma sincronizada como si la respiración le estuviese hablando a vuestra pareja.

Cuando sintáis que estáis llenos de luz, levantad vuestros ojos para que se encuentren con los de vuestra pareja e intercambiad energía a través de ellos.

Después de un cierto tiempo el hombre retira la vela del colchón.

La mujer avanza un poco hacia el centro del colchón para sentarse cara a cara sobre las piernas del hombre, que está sentado con las piernas cruzadas, y ambos os abrazáis el uno al otro (postura yab yum).

Seguid respirando sincronizados haciendo circular la luz; la mujer aspirando por la vagina y espirando por el corazón y el hombre aspirando por el corazón y espirando por el pene.

Continuad con el ejercicio de respiración y haciendo circular la luz hasta que se acabe la música.

A su debido tiempo, separaos lentamente y rendid culto a vuestra pareja dándole las gracias y expresándole vuestra gratitud, y terminad con la correspondiente inclinación de cabeza.

Tumbaos juntos y relajaos o, si lo preferís, haced el amor.

Aprovecha que es fin de semana –en España no trabajamos hasta el miércoles por las festividades de la Constitución y la Inmaculada- para, si te apetece a ti y a tu pareja, practicar esta maravillosa Meditación de la Luz. No os defraudará y os abrirá nuevas puertas para entender la interrelación entre sexualidad y espiritualidad.

3/12/09

“Hieros Gamos”: sexualidad y espiritualidad

La sabiduría procedente de tiempos inmemoriales -la de los egipcios y caldeos, la de Hermes, Moisés y Abraham y la de otras nuerosas fuentes espirituales- enseña que en cada ser humano, bajo la realidad material, efímera y finita que percibimos con nuestros sentidos, se halla una realidad subyacente de carácter inmutable e infinito. Es el Ser, nuestro Yo Verdadero, eterno e inalterable.

Conscientes de que nuestros pensamientos y el ajetreo de nuestra mente dificultan que percibamos ese Ser, conformando un auténtico muro que nos separa de él, sabios e iniciados de todas las épocas han procurado y logrado saltar el mismo, romper las cadenas de nuestro pensamiento y sensibilidad finitos, y llegar al Yo Profundo que mora en cada uno, "establecerse" en él, como afirma el hinduismo. Ese ha sido el objetivo de los místicos de todos los tiempos y de cualquiera de las religiones.

Para satisfacer tal objetivo, desde la antigüedad se han buscado procedimientos y métodos que ayuden al respecto, desde la meditación y la oración a las prácticas respiratorias, pasando por un amplio conjunto de técnicas, tanto individuales como colectivas. Entre éstas se encuentra el “Hieros Gamos”, que enlaza con el principio de género del que se escribió ayer en el Blog (El Principio Hermético de Género) y el uso de la sexualidad desde una perspectiva espiritual.

La expresión “Hieros Gamos” procede del griego y significa “matrimonio sagrado”. Con ella se nomina una liturgia de varios milenios de antigüedad en la que los participantes persiguen establecerse, aunque sea de modo fugaz, en el Ser que mora en todo ser humano y es parte de la única Identidad Universal o Unidad Divina. Para ello, como otros métodos y ceremoniales, el “Hieros Gamos” busca que las personas que lo practican salten la barrera que representa nuestra mente mortal mediante el procedimiento de liberarla de toda carga y dejarla inerte por un momento, vaciándola de todo contenido, idea o pensamiento.

Lo que distingue al “Hieros Gamos” de cualquier otro procedimiento es la pértiga, valga el símil deportivo, que utiliza para dar semejante salto: el impacto y los efectos del gozo sexual. Para ello se acomete un ceremonial que pivota en las relaciones físicas entre los participantes, mujeres -ataviadas con gasas blancas y zapatos dorados- y hombres -con túnicas y zapatos negros- que guardan el anonimato bajo mascaras. Sin embargo, aunque su manifestación externa sean las relaciones corporales entre los ceremoniantes para alcanzar el éxtasis sexual, el “Hieros Gamos” es un acto de alto contenido espiritual y poco o nada tiene que ver con la imagen mostrada en películas como Eyes wide shut -donde un puñado de neoyorkinos de clase alta dan rienda suelta a su “snobismo”.

El placer provocado por el orgasmo es el medio, no el fin. La meta verdadera es que los participantes se imbuyan, aunque sea por un instante, en la única realidad auténticamente existente que mora en su interior, introduciéndose, así, en el plano de la divinidad que se halla subyacente en todos los seres -”el reino de Dios está dentro de vosotros” (san Lucas, 17,21)-.

Antiguamente, las relaciones sexuales, además de su lógico contenido físico, se entendían también como procedimiento idóneo para experimentar la divinidad que todos atesoramos. Eran tiempos en los que el principio hermético de género estaba muy presente en el quehacer cotidiano y en la manera de interpretar el mundo. Una de sus manifestaciones consistía en la creencia de que el varón es espiritualmente incompleto hasta que tiene conocimiento carnal de la divinidad femenina, siendo la unión física con la mujer su único medio para llegar a la plenitud espiritual y adquirir finalmente la gnosis, el conocimiento de lo divino. De este modo, desde los días de Isis, los ritos sexuales se consideraron puentes a disposición del ser humano para dejar la tierra y alcanzar el cielo. En su comunión con la pareja, el ser humano pude alcanzar un instante de clímax, en el que su mente queda totalmente en blanco, y “ver-sentir” al Dios interior y la Unidad Divina de cuanto Es y existe.

Mediante la comunión sexual, se consigue un momento en el que la mente queda totalmente libre y el hombre o la mujer "ven a Dios", decían los iniciados antiguos, en el sentido de transcender del cuerpo, de su materialidad, para sentir la presencia del Ser. Desde un punto de vista fisiológico, el clímax se acompaña de unas fracciones de segundo desprovistas de pensamiento, un brevísimo vacío mental, un momento de clarividencia durante el que puede adivinarse el Yo interior y disfrutar de su presencia divina y del sentimiento de Unidad de la Creación. Los gurús alcanzan estados similares de vacío de pensamiento mediante la concentración y suelen describir el Nirvana como un orgasmo sin fin.

En la antigüedad, el sexo se comprendía de una manera muy distinta a la actual. El sexo engendra la vida, el milagro más extraordinario, y los milagros son patrimonio de los dioses. La capacidad de la mujer para albergar vida en su seno la convierte en sagrada, divina. La relación sexual constituye la unión de las mitades del espíritu, la masculina y la femenina, a través de la cual el ser humano puede obtener la plenitud espiritual y la comunión con Dios. En este conocimiento se basa el “Hieros Gamos” que, lejos de cualquier tipo de perversión, es una ceremonia sacrosanta.

No sólo el Egipto antiguo practicó esta clase de ritos, también otras culturas y tradiciones la incluyeron en su mística, entre ellas, por ejemplo, la hebrea primitiva. Los primeros judíos creían que el “Sanctasanctórum” en el Templo de Salomón albergaba no sólo a Dios, sino a su poderosa equivalente femenina, la diosa Shekinah. Los hombres que pretendían la plenitud espiritual acudían al templo a visitar a las sacerdotisas, “hieródulas”, con las que hacían el amor y experimentaban lo divino a través de la unión carnal. El tetragramaton judío YHVH, que subyace en el “Shem Shemaforash” o “Nombre Secreto de Dios”, deriva de una andrógina unión física entre el masculino Jah y el femenino Havah, la denominación prehebraica de Eva.

La Iglesia oficial, tras su constitución como tal, al igual que otras grandes religiones, percibió como una seria amenaza para su poder el uso del sexo para comulgar directamente con Dios y percibir el Yo Verdadero de la cada cual. Tal práctica, como otras que se afanó en desvirtuar, la relegaba a una posición francamente secundaria y, lo que es aún más grave, deslegitimaba su papel de exclusivo vehículo hacia Dios. Por ello, el catolicismo y las religiones modernas optaron por satanizar el sexo, convirtiéndolo en un acto pecaminoso y sucio e intentando convencernos de que temamos nuestro deseo sexual como a la propia mano del demonio (diversos movimientos heréticos cristianos -por ejemplo, el "alumbradismo", en el siglo XVI- intentaron rescatar del olvido y la marginación la interrelación entre sexualidad y espiritualidad, siendo cruelmente perseguidos por ello). La sabiduría heredada de tiempos atrás y nuestra propia fisiología nos enseñan e indican, en cambio, que el sexo es algo bello y natural, que nos aporta fuerza psíquica y salud física, y un hermoso y potente camino hacia la plenitud espiritual.