11/3/10

Cuento suizo

José Manuel Piñero, buen amigo del Blog, me remite este hermosos Cuento Suizo para que lo comparta con vostr@s. Lo ha escrito como homenaje y en señal de respeto y agradecimiento a José Maria Eca de Queiroz, nacido en Povoa de Varzim en 1845 y fallecido en París a la edad de 55 años.

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La mañana del domingo estaba lluviosa. No había salido para nada. Había acabado una semana compleja de febrero del 2010; la crisis seguía golpeando fuertemente mi economía, estaba agobiado de estar tantas horas encerrados. Terminaba de leer un libro de José Maria Eca de Queiroz, un autor portugués del siglo XIX. Llamó mucho mi atención que en su registro de nacimiento apareciese como hijo de madre desconocida; siempre pensé que sobre esto nunca habían existido dudas, la madre siempre es la madre, sin embargo, el padre solo es el padre. Pese a mis desganas dominguera, agradecí su lectura, y me asombró como un autor de dos siglos atrás puede inspirarme muy gratamente y decidí escribir este pequeño relato como modesto homenaje a su literatura. Pero quería salir, no tenia ganas de estar encerrado, cogí mi portátil, y me encaminé al Faro.

El Faro es un restaurante-puesto, justo donde comienza el puente de Triana, con bellas vistas al río y a Sevilla, frente a la capillita del Carmen. La lluvia había cesado y en la solitaria terraza del castillete del restaurante encendí mi ordenador con displicencia, sin la grandeza de ánimo que se le debe a cualquier historia que se desee contar, pero tampoco tenia una mejor distracción. No niego que con un poco de desdén observé como se encendía, mientras observaba deslizarse perezosas hacia la ribera las olas formada por un barco en su travesía. Antes quise entrar en Internet buscando la lectura de un periódico, cuando de pronto empezó a salir en pantalla, una pagina de forma muy reiterada, era escritura caligrafiada en un pergamino, que trataba de cerrar mecánicamente una y otra vez, pero me resultaba inútil deshacerme de ella. Decidí leerla:

-En las profundidades de los bosque suizos existe un banquero, más rico que todos los reyes de quienes hablan las leyendas o la Historia. Nada conoces de él, ni su nombre, ni su rostro, ni la ropa con que se viste. Para que tú heredes sus caudales infinitos, basta que hagas clic, clic en el círculo rojo que aparece en la margen derecha de tu pantalla. Él apenas emitirá un suspiro en los confines de los montes de Suiza. Entonces se convertirá en un cadáver y tendrás a tus pies más dinero del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres un mortal, ¿harás clic, clic en tu pantalla? Me quedé perplejo ante la página abierta; aquella interrogación... mortal, ¿harás clic, clic en el circulo rojo de tu pantalla? me parecía cómica, maliciosa y, sin embargo, me trastornaba prodigiosamente. Quise seguir leyendo, pero las líneas escapaban, como cobras asustadas, entre ondulaciones, y en el vacío que dejaban, de una palidez de pergamino, resaltaba, brillante y negra, la extraña interpelación: ¿Harás clic, clic en tu pantalla?

Si mi ordenador fuera de ultima generación, hubiese pensado que por si solo hubiese realizado una conexión imprevista pero importante, pero no era al caso, yo, que, después de todo, no me encontraba sumergido en un bosque de pinares camino del Rocío y desde la terraza podía ver pasar nubes sin promesas de lluvia, hubiera cerrado simplemente el ordenador, y disipar así la alucinación nerviosa. Pero aquel infolio sombrío parecía destilar magia: cada letra adquiría la inquietante configuración de esos signos de la cábala antigua que encierran atributos fatídicos; las comas se retorcían petulantes como rabos de diablillos, entrevistos al claro de luna; en el signo de interrogación final veía yo el temible garfio con que el Tentador va ensartando las almas que se duermen sin refugiarse en la inexpugnable ciudadela de la Oración... Una fuerza se apoderó de mí, arrastrándome más allá de la realidad y de la razón. Y en mi espíritu se formaron dos imágenes: por una parte, un suizo decrépito, muriendo sin dolor, lejos, en un bosque al clic, clic de un ratón; y por la otra, ¡toda una montaña de billetes de euros a mis pies! Todo era tan claro, que yo veía nublarse los ojos del viejo señor como si los cubriera una fina capa de polvo, y oía el nítido chasquido que emitían los billetes al contarlos. Paralizado, horrorizado, clavé los ojos ardientes en el círculo rojo colocado discretamente ante mí, en la parte derecha de la pantalla de mi ordenador.

Entonces, desde el otro lado de la mesa, una voz insinuante y metálica me dijo en medio del silencio:

-¡Vamos, José Manuel, amigo mío; extienda la mano, haga clic, clic en el circulo rojo, atrévase!

Levanté la cabeza temblando. Y vi, sentado y en paz, un individuo fuerte, todo vestido de negro, con sombrero y guantes, también negros, con las manos gravemente apoyadas en el puño de un paraguas. No parecía fantástico. Parecía tan contemporáneo, tan normal, tan clase media como si fuera de mi oficina...

Toda su originalidad estaba en el rostro, sin barba, de rasgos definidos y duros: la nariz agresiva, muy corva, tenía el aspecto rapaz y amenazador del pico de un águila; el contorno de los labios, muy enérgico, daba a su boca un aspecto de bronce; los ojos, que miraban fijamente, parecían los fogonazos de un disparo salido súbitamente de entre el zarzal tenebroso de las cejas unidas; estaba pálido, pero, en su piel, se extendían, aquí y allá, vetas sanguinolentas como en un antiguo mármol.

De repente me aterró la idea de que tenía frente a mí al Diablo; pero de inmediato toda mi razón se sublevó, resuelta, contra tanta fantasía. Yo nunca había creído en el Diablo. Jamás lo pregoné para no enojar a los poderes religiosos, que se encargan de mantener el respeto a esos seres; pero no creo que existan esos dos personajes, viejos como la Sustancia, rivales bonachones, que se hacen jugarretas amables, uno de barbas nevadas y túnica azul, con vestimenta de diseño del antiguo Júpiter, habitante de las alturas luminosas, con una corte más complicada que la de Felipe II, y el otro, mugroso y astuto, ornado con cuernos, que vive entre llamas subterráneas, en una imitación burguesa del extravagante Plutón. ¡No, no lo creo! Cielo e Infierno son concepciones sociales para uso plebeyo, y yo pertenezco a la clase media. Rezo, es verdad, a Nuestra Señora del Rocío, porque así como solicité benevolencia a mi profesor para obtener mi título, así como para conseguir mis mil euros al mes utilicé la recomendación de un influyente amigo, de igual modo, para librarme de la de la gripe A, de la angina de pecho, de un accidente de coche, y de otros males públicos, necesito contar con una protección sobrenatural. Ya sea con adulaciones o con halagos, el hombre prudente tiene que ir empleando astutamente una serie de lisonjas desde la Arcadia hasta el Paraíso. Con un valedor en el barrio y una abogada mística en las alturas, el destino de cualquier mileurista queda asegurado.

Por eso, libre de torpes supersticiones, dije con familiaridad al individuo vestido de negro:

-¿Entonces, me aconseja de verdad que haga sonar la campanilla?-

El desconocido alzó un poco su sombrero, descubriendo una frente estrecha, adornada por unos mechones negros, y contestó exactamente:

-Mire, querido José Manuel. ¡Mil euros al mes son una vergüenza social! Además, en la tierra hay cosas prodigiosas: vinos de Borgoña, como, por ejemplo, el Romanée-Conti del 58, y el Chambertin del 61, que cuestan tres mil euros la botella, y quien bebe la primera copa no duda en matar a su padre por beber la segunda. En Alemania, Italia e Inglaterra se fabrican coches de amortiguadores tan suaves, de tapizados tan mullidos que es preferible recorrer en ellos las grandes distancias antes que viajar, como los dioses antiguos, por los cielos, sobre los suaves almohadones de las nubes... No ofenderé su cultura diciéndole que hoy las casas se amueblan con un estilo y con un confort tales, que sólo ellas hacen realidad ese sueño, en otro tiempo imaginario que se llama bienestar. No le hablaré, José Manuel, de otros placeres terrenales, como, por ejemplo, un palco VIP en el Bernabeu, el bóxer en las carreras de Formula 1... Sólo quiero llamar su atención sobre un hecho: existen seres que se llaman hembras, que nada tienen que ver con esas que se llaman Modelos. Aquéllas, José Manuel, en mi tiempo, página tres de la Biblia, únicamente vestían una hoja de parra. Hoy, José Manuel, llevan toda una sinfonía, todo un ingenioso y sutil poema de encajes, minifaldas, rasos, flores, joyas, cachemires, gasas y terciopelos... Imagínese la inexpresable satisfacción que los cinco dedos de un cristiano sienten al palpar esas maravillas de tersura; pero comprenderá también que los gastos de esos seres angelicales no se cubren con una modesta paga de mil euros... Pero ellas tienen todavía algo mejor, José Manuel: cabellos color de oro o color tinieblas, y así llevan en sus cabellos la apariencia simbólica de las dos grandes tentaciones humanas: el ansia del metal precioso y el conocimiento de lo absoluto trascendente. Y todavía tienen más: brazos marmóreos de una frescura de lirio húmedo de rocío; senos, que sirvieron de modelo para el ánfora del famoso Praxiteles, poseedoras del contorno más puro y más ideal de la antigüedad... Los senos, en otro tiempo (según el criterio de ese Anciano ingenuo que les formó a ustedes, el que fabricó el mundo, y cuyo nombre me está prohibido pronunciar por una enemistad secular), estaban destinados a la nutrición augusta de la Humanidad; pero tranquilícese, José Manuel: hoy ninguna madre sensata los deja expuestos a esa función deformadora y severa; sirven sólo para resplandecer, envueltos en encajes, en tules de soirées y para otros usos secretos. La conveniencia me exige terminar esta exposición radiante de las bellezas que caracterizan el fatal femenino... Por otra parte, sus pupilas ya brillan... Pero todas esas cosas están lejos, infinitamente lejos, José Manuel, de sus mil euros al mes... ¡Reconozca usted, al menos, que estas palabras tienen el venerable sello de la verdad!

-Así es-, murmuré enrojecido.

Y su voz prosiguió paciente y suave.

-¿Qué me dice usted de unos mil millones de euros? Yo sé que son poca cosa. Pero, en fin, sirven para empezar, son una pequeña ayuda en la conquista de la felicidad. Ahora piense sobre estos hechos: el suizo, ese suizo que ha contribuido con sus decisiones a esta crisis que estas padeciendo, en lo más recóndito de un bosque rodeado de grandes, que digo grande, gigantescos árboles está decrépito y gotoso; como hombre, como jerarquía del poder ejecutivo de Suiza, resulta menos útil a la Humanidad que una piedra en la boca de un perro hambriento. Pero la transformación de la Sustancia es posible; se lo aseguro yo, que conozco el secreto de las cosas... Porque la Tierra es así: toma aquí un hombre podrido y lo devuelve allá, en el conjunto de las formas, como un vegetal fresco. Bien puede suceder que ese hombre, inútil como banquero suizo, resulte útil en otras tierras, como rosa perfumada o sabroso repollo. Matar, hijo mío, significa casi siempre establecer un equilibrio en las necesidades del universo. Implica eliminar aquí lo que sobra para ir más allá a cubrir una carencia. Empápese de estas filosofías concretas. Una pobre costurera de Triana anhela ver florecer en su tiesto lleno de tierra negra: una flor sería el consuelo de esa desheredada; pero en la disposición de los seres, por desgracia, en ese momento, la Sustancia que debía de ser allí una rosa es aquí, un hombre de Estado... Entonces llega el accidente casualmente provocado del estadista, arrancándole los intestinos; enterrándolos con cortejo de carruajes; la materia empieza a descomponerse, se mezcla con el vasto cambio de los átomos y el superfluo hombre de Estado va a alegrar, bajo la forma de un anhelo, la buhardilla de la morena costurera. ¡El asesino es un filántropo! Permítame resumir, José Manuel: la muerte de ese viejo suizo idiota representa para su bolsillo mil millones. Usted, desde ese momento, puede dar un puntapié a los poderes financieros de la banca. ¡Piense en la intensidad de ese goce! Por supuesto, saldrá en la televisión. ¡Imagine con deleite ese summum de la gloria humana! Y ahora fíjese: sólo tiene que coger el ratón y hacer clic, clic. Yo no soy un bárbaro; comprendo lo repugnante que es para un hombre de bien, asesinar a un semejante. La sangre que brota ensucia vergonzosamente los puños y la agonía de un cuerpo humano resulta repulsiva. Pero aquí no habrá ningún espectáculo desagradable... Es como quien llama a un camarero... Y son mil millones de euros, me parece, no recuerdo, pero lo tengo anotado... José Manuel, no dude de mí. Soy un: caballero. Lo demostré cuando, en la guerra contra un tirano en el primer levantamiento justo, me vi precipitado desde alturas que no puedo describirle... ¡Una caída considerable, mi querido amigo! Mi consuelo es que el otro también quedó muy estropeado. Porque, amigo mío, cuando un Jehová tiene en su contra sólo a un Satanás, sale bien del paso enviando a la carga a una legión de arcángeles; pero, cuando el enemigo está armado con Internet, está perdido... En fin, son exactamente mil cincuenta millones de euros. Vamos, José Manuel, ahí tiene la pantalla; atrévase.

Yo sé lo que se debe a sí mismo un cristiano. Si este personaje me hubiese llevado hasta la cumbre de un monte en Palestina, durante una noche de luna llena, y allí, mostrándome ciudades, razas e imperios dormidos, me hubiera dicho: «Mata al suizo y todo lo que ves en el valle y en la colina será tuyo», yo habría sabido contestarle siguiendo un ejemplo ilustre y alzando un dedo hacia el infinito estrellado: “¡Mi reino no es de este mundo!” Conozco a los clásicos. Pero eran mil cincuenta millones de euros, ofrecidos a la luz del día en una preciosa terraza de Triana mirando al río, por un tipo con sombrero, que se apoyaba en un paraguas...

Y entonces no dudé. Con mano firme hice clic, clic, en el círculo rojo. Quizás fue una ilusión; pero me pareció que una campana, de la Iglesia de Santa Ana dobló en un tono trágico.

El individuo se llevó un dedo hasta el párpado para enjugar una lágrima, que le nubló por un momento su ojo rutilante:

-¡Pobre banquero Grojfen!...

-¿Ha muerto?

-Estaba en su jardín tranquilo, arreglando un viejo reloj de cuco para su nieta, honesto pasatiempo de un banquero suizo jubilado, cuando le sorprendió el clic, clic. Ahora yace a la orilla de un arroyo cantarín, vestido completamente de tiroles, con pantalones cortos a cuadros y con tirantes, muerto, boca arriba, sobre la verde hierba, y entre los fríos brazos sostiene su barroco reloj, que parece tan muerto como él. Mañana serán los funerales. ¡Que la sabiduría de todos lo gnomos y hadas del bosque invadan su alma y le guíen!

Y el desconocido se levantó, se quitó con respeto el sombrero y salió con su paraguas bajo el brazo.

Entonces, al oír el portazo, creí despertar de una pesadilla. Miré en todas direcciones, no había nadie. Una voz afable hablaba con el camarero, y la cancela de la escalera se cerró sin ruido...

Pasaron varios días y nada había sucedido, cuando después de dos semana de nuevo abrí el ordenador, observé que tenia varios correos pendientes de lectura, me llamó mucho la atención, uno era de UBS (Unión de Bancos Suizos), comunicándome que el querido Sr. Grojfen ha fallecido, dejándome heredero de mil cincuenta millones de euros. Podían utilizarlo como quisiera, haciendo las transacciones que considerara oportunas, y por ello me enviaban la clave secreta, que tras diversas comprobaciones solo yo puedo utilizar. Emplearon hermosas palabras para darme el pésame por tan terrible pérdida, pensaron que éramos amigos o familiares, y a continuación una posdata ofreciéndome oportunidades de inversiones.

Los telediarios me dedicaron calificativos que, por antigua tradición, pertenecen a la Divinidad: ¡era el "Omnipotente", era el "Omnisciente"! Nadie oso preguntar como me había llegado el dinero, si era un desalmado o un asesino. Nadie preguntó, y mucho menos los banqueros. Fueron muchos los exceso y derroche que realicé durante años, a través del amplio mundo. La Aristocracia me daba la mano como a un igual, y el Clero quemó incienso ante mí como frente a un ídolo. Todo era hartazgo. Me di cuenta, que nada de lo que me hacia feliz, lo podía comprar, la amistad sincera, el cariño desinteresados de mis familiares, el verdadero amor de una mujer. Todo me producía desconfianza que me corroía lentamente por dentro; mi desprecio por la Humanidad fue tan grande que se extendió a todo lo creado.

Una noche invoqué al Tentador reclamándole:

-¡Líbrame de mis riquezas! ¡Resucita al suizo! ¡Devuélveme la paz de la miseria!

Él pasó con gravedad su paraguas debajo del otro brazo, y respondió bondadosamente:

-No puede ser, mi apreciado señor; no puede ser...-

Me arrojé a sus pies en una súplica despreciable; pero sólo vi ante mí, bajo la luz mortecina de la luna, la flaca figura de un perro rebuscando en la basura.

Nunca más volví a encontrarme con aquel individuo. Y ahora el mundo me parece un inmenso montón de ruinas, en el que mi alma solitaria vaga como un desterrado por entre columnas caídas, y gime sin cesar...

Las flores de mis habitaciones se marchitan y nadie las cambia; cualquier luz me parece un cirio fúnebre, y cuando mis amantes, en la blancura de sus saltos de cama, vienen a acostarse, yo lloro, como si viese la legión amortajada de mis alegrías difuntas...

Me siento morir. Tengo hecho mi testamento. En él dejo mis millones al Demonio, le pertenecen; que los reclame él, que él los reparta...

Y a vosotros, hombres, os lego, sin más comentarios, estas palabras: “Sólo tiene buen sabor el pan que día tras día ganan nuestras manos. ¡No matéis nunca al suizo!”.

Aunque, todavía, al expirar, es para mí un consuelo prodigioso esta idea: que de norte a sur, de levante a poniente, desde los grandes bosques y montañas suizos hasta las olas del Mediterráneo, en todo el vasto Imperio Occidental ningún banquero suizo seguiría con vida si tú pudieses suprimirlo y heredar sus millones tan fácilmente como yo; ¡tú, lector!, criatura producida por la improvisación divina, obra mala de mala arcilla, mi semejante y mi hermano.

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2 comentarios:

  1. Me llegado a dentro y me ha sido de utilidad.
    Gracias.
    Paula

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  2. Gracias por tus comentarios Paula, y es una alegría que haya podido servirte de algo.
    José Manuel, un abrazo

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